viernes, 14 de marzo de 2008

7.- Toque a reloj suelto

DEFENSA Y EVACUACION DEL CASTILLO DE ALBA
Noviembre de 1812
Apenas si han transcurrido 3 meses del paso victorioso del ejército aliado por Alba de Tormes cuando éste se halla de nuevo en franca retirada. Las tropas napoleónicas del ejército de Portugal, recientemente derrotadas en Los Arapiles, se han reorganizado y desde Burgos persiguen de cerca a Wellington y su ejército que, con serios problemas de disciplina e insubordinación, trata de alcanzar la frontera portuguesa y refugiarse tras la línea fortificada de Torres Vedras.
Será de nuevo en el mes de noviembre, ahora del año 1812, cuando Alba vuelva a adquirir una relevancia estratégica fundamental, en este caso para proteger y cubrir la retirada de Wellington y sus soldados.
Un lluvioso y plomizo 8 de noviembre las fuerzas aliadas comandadas por el teniente general Hill cruzan el Tormes por Alba y acampan en su ribera occidental Doc. 2 mientras que sus compañías de ingenieros, dirigidas por el capitán Golfinch, se afanan en fortificar el derruido castillo y levantar parapetos y barricadas en las calles de la villa, en contra de la opinión del por entonces corregidor de Alba, don José Escudero, quien considera imposible la subsistencia en sus ruinas de guarnición alguna.
Tras rechazar una escaramuza francesa el día 9 y resistir el 10 el ataque de seis mil infantes y el incesante cañoneo de 20 piezas de artillería, el teniente general Hamilton se considera capaz de mantener la posición por el tiempo que se considerase necesario1. No obstante una parte del poderosísimo ejercito imperial compuesto por 80.000 hombres y 12.000 caballos comienza a cruzar el río por los vados de Encinas de Abajo el día 14 por lo que Wellington, incapaz de contener su avance, inicia la retirada desde San Cristóbal hacia Ciudad Rodrigo y ordena el repliegue a través de Los Arapiles de las tropas acantonadas el Alba. Doc 3
Serán los batallones escoceses del coronel Stewar los últimos en abandonar la villa y, rayando el mediodía, volar 2 de los 26 arcos que conforman el puente para dificultar así la persecución.
Atrás, cubriendo la retirada, quedan 327 soldados españoles, integrantes de las compañías de Granaderos de Monterrey, Cazadores de Monterrey y Granaderos del Rivero, que junto a su comandante, el teniente coronel José de Miranda Cabezón, 1er sargento mayor del batallón de Monterrey, se parapetan tras las ruinas del castillo y se aprestan a impedir el paso de las tropas francesas que, en avalancha, ya se lanzan contra los muros y barricadas de Alba.

Sus órdenes son concisas: Resistir durante 8 días e impedir a toda costa que el enemigo habilite el puente cortado. Transcurrido este periodo deberá tomar el partido que les resulte más favorable, si bien se les aconseja entregarse prisioneros antes que exponerse a un sacrificio.
Ante la imposibilidad de reparar el puente o de cruzar por los vados cercanos, dominados ambos por el fuego de los cañones apostados en la Torre de la Armería del derruido castillo de los Alba, al conde D'Erlon, actual general en jefe del ejército de Portugal no le queda otra alternativa que hacer pasar sus divisiones por los vados situados unos kilómetros al sur, a la altura de Torrejón y de las poblaciones de Éjeme y Galisancho, empleando en ello un precioso tiempo que es aprovechado por el general Hill para poner tierra de por medio.
Como consecuencia de esta acción sufrieron graves destrozos las iglesias de las ya citadas poblaciones de Éjeme y Galisancho que, al igual que la de Portillo y el Monasterio de San Leonardo fueron saqueadas por el ejército francés con el fin de obtener maderas con las que construir puentes para cruzar el río. 2
Entre tanto, en la villa, continua el asedio francés y la valerosa resistencia de la guarnición española que, no solo rehúsa las cuatro conminaciones a la rendición que se le ofrecen, sino que incluso se permite alguna incursión entre las líneas enemigas para proveerse de víveres y capturar hasta un total de 163 prisioneros.
Esta situación se mantendrá hasta la media noche del día 24 en la que, con el ejercito aliado a salvo tras la frontera portuguesa, cumplidos sobradamente los objetivos, José de Miranda, da orden de evacuar la plaza al ser insostenible por encontrase ya completamente arruinada. Encargados de realizar la última defensa, y proteger la retirada, quedan en ella el teniente Nicolás Solar, con 20 soldados en pie, otros 33 heridos o enfermos; y 112 franceses prisioneros. 3
Al amanecer del día 25 los soldados españoles llegan a el Carpio 4 y moviéndose continuamente entre las líneas enemigas, esquivando patrullas y unidades francesas, consiguen ponerse a salvo, a través del puerto del Pico, el día 28 de noviembre. Doc 4
Es el propio gobernador de Alba, sargento mayor José de Miranda, quien relata con detalle los acontecimientos ocurridos durante esos días 5:

Ayer día 14, a las 11 de la mañana, impulsados por el movimiento enemigo iniciado en la noche anterior cuando una parte de sus fuerzas cruzaron los vados, las tropas aliadas inician su retirada dejando volado el puente, por lo que los enemigos continúan su avance por donde lo hicieron sus primeras tropas. Sus fuerzas las calculo de 12 a 15 mil infantes y de 1.600 a 1.800 caballos. La gran ostentación de carros, bagajes y ganado hacen creer que ascienden a 50 mil hombres. La caballería y la mitad de su infantería pasaron el rio en la tarde de ayer y los demás quedaron en estas inmediaciones.
Alrededor de las dos de la tarde me mandaron un parlamento intimándome a la rendición.
El fuego general duro desde las 11 hasta las 8 de la noche con el mayor tesón por las tropas de mi mando, y no menos por las del enemigo, habiendo tenido estos una perdida de consideración. Por mi parte solo he tenido un granadero muerto.

En toda la noche cesó el tiroteo, y las tropas enemigas iniciaron su marcha muy de madrugada. Como el convoy que conducen es muy superior al necesario para su ejercito y este lo llevan protegido por partidas de caballería e infantería, mi corto cuerpo de 300 hombres hubiera hecho grandes progresos si todo el hubiere operado en campo raso, pero la debilidad de este palacio, su grande extensión que para cubrir necesita 1.500 hombres, con las ordenes que tengo para su conservación, me ha impedido el poderlo hacer, pero he dispuesto salgan algunas partidas de mis valientes oficiales y granaderos quienes a esta hora me han presentado unos 60 prisioneros de todas las armas, dos hermosos bueyes y varios pollinos cargados de víveres, así como dos cajas de municiones.
Instantes después de la retirada de las tropas aliadas que se hallaban en Alba de Tormes, ocupó el pueblo y campos próximos todo el ejército enemigo que se encontraba de paso.
Como ya he indicado me remitieron un emisario para que entregase el fuerte que estaba a mi cargo. Sus ideas eran las de reparar el puente que se había cortado. Para ello hicieron varios reconocimientos que les salieron bien caros.
Los días 15 y 16 fueron tranquilos, aunque el segundo se me presentaron por la tarde como unos 300 Dragones con nueva intimación, seguida por una 3ª de un General de Brigada y por último otra a cargo del General Sarrad, quien me pasó la cuarta petición de rendición. Este no tardó en circunvalar mi posición colocando 23 puestos avanzados desde la orilla del río hasta las alturas del pueblo, trazando la línea de estas con el convento como punto central, colocando en él de 500 a 600 hombres de infantería con alguna caballería; a retaguardia del pueblo un batallón y el resto de la fuerza en el cuartel general dentro de él 6. Ocuparon las torres y demás edificios altos con objeto de descubrir a mis valientes soldados que como fieras se defendían detrás de sus parapetos y fuera de ellos para buscar al enemigo que andaba por las calles.
Continuamos así hasta el día 24, sin descanso alguno, en cuya noche di la orden de estar preparados para salir a atacar al enemigo, advirtiendo a D. Nicolás Solar, teniente de granaderos voluntarios del Ribero, que con un sargento, dos cabos y 18 hombres debía cubrir los puntos principales del fuerte, manteniendo el fuego con más intensidad de la acostumbraba, y encargándole también los 33 enfermos de la guarnición y los 112 prisioneros hechos en varias salidas. También le entregué un escrito para el General francés Sarrad que debería dárselo siempre que yo no volviera al castillo y él se viese en la necesidad de entregarse. Municioné a la tropa con 60 cartuchos por persona y los sobrantes se inutilizaron. Seguidamente abrí un portillo y formada mi guarnición en masa con la bayoneta armada, previniendo a mis soldados despreciasen el fuego de los enemigos por los flancos y, colocándome a la cabeza, emprendí la marcha a paso redoblado con tanta suerte que en breve arrollé todos los obstáculos, y desarbolé al enemigo sin que de nada le sirviese los toques y señales de alarma que realizaron. Únicamente se les oían las voces “los Españoles se van a la bayoneta”, indicando sus disparos, cada vez más, el desorden en que estaban.
A la legua empecé a apostar partidas en escala por si trataban de seguirme, pero nada se tuvo que hacer. Al amanecer, llegué al lugar de Carpio, donde se me avisó que se hallaban a media legua 600 caballos enemigos por lo que me fue preciso emboscarme en Garcigrande donde pasé el día haciendo exploraciones hasta las 3 de la tarde que apareció una patrulla de reconocimiento de 30 caballos a tiro de fusil, pero sin dar lugar a ello. Inicié nueva marcha que sostuve hasta después de oscurecido, a cuya hora cambié el rumbo con intención de tomar las barcas de La Romana 7 a toda costa, o bien las de la Aceña, pero habiendo sabido que no había barca alguna por haberlas destruido el enemigo y viendo frustrada mi esperanza, contramarché para salir por algún claro, aunque como las fuerzas enemigas eran muchas no pude conseguirlo, por lo que anduve entre sus patrullas y avanzadas los días 25, 26 y 27 hasta el 28 en que los enemigos realizaron movimientos en Peñaranda y el resto de la línea, y aprovechándome de ellos salí del circulo por medio de una marcha rápida nocturna y tomé el puerto del Pico que se me avisó lo tenían descubierto.


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Todos mis oficiales y soldados se han esmerado en demostrar su heroísmo desde el día que entraron en el fuerte de Alba, que no es más que las ruinas de un palacio, del que con las aguas se desplomaban las paredes. Su recinto era desproporcionado para la pequeña fuerza de 300 hombres que tenía en la guarnición, los cuales permanecieron en los mismos puntos sin relevo ni otro descanso que el cambio de soltar el fusil para tomar la pala o el pico y a pesar de ello sus semblantes me anunciaban la confianza que podía tener y el gusto con que sufrían la suerte que les imponía su deber. Durante el bloqueo solo tuve un granadero de Monterrey muerto, un sargento de voluntarios del Rivero herido, y el soldado portugués Manuel González, del regimiento nº 2, que cuando quiso seguir a su Cuerpo ya el puente estaba volado, y despreciando el fuego de los enemigos se refugió en el castillo. En la salida solo tuve de 13 a 14 muertos o heridos que por mi rápida marcha tuve el dolor de dejarlos en el campo. La del enemigo no me es fácil expresarla, pero los campos de Alba y calles de este pueblo, presentan varios cadáveres y sangre vertida de heridos, y según noticias que tengo, algunos eran Jefes y oficiales.
El Rey intruso que pasó con su ejército el 14 tuvo que separarse a alguna distancia del camino y de sus soldados. Algunos lo pagaron con su vida.


También es el teniente coronel Miranda quien reproduce los “parlamentos” como él denomina los sucesivos mensajes intercambiados con los mandos franceses:
Parlamento 1º
Señor Comandante del fuerte:
Los ingleses acaban de abandonarle y no puede dudar ya de que le han sacrificado. El General en Jefe del Ejercito Imperial de Portugal intima a Vd. entregue inmediatamente el fuerte que manda. De este modo puede Vd. contar con su generosidad, y no haciéndolo debe Vd. esperar ser tratado con el mayor rigor.
Alba de Tormes 14 de noviembre de 1812.
Por orden del General en Jefe.
El ayudante comandante
Leseur.
Señor Ayudante comandante:
Sírvase Vd. decir a su General en Jefe que la suerte que me cabe es la más lisonjera a un militar, que tengo una brillante guarnición con todos los requisitos para cumplir mi deber, así que él cumpla el suyo.
Castillo de Alba de Tormes 14 de noviembre de 1812.
José de Miranda.
Parlamento 2º
Del campo de Amatos, 19 de noviembre de 1812.
Jobert, comandante en Jefe de las tropas que componen dicho cuerpo.
Al Sr. Comandante del fuerte de Alba de Tormes.
Señor comandante. Tengo el honor de prevenir a Vd. que estoy encargado de parte de S.M.C. 8 el Rey de España para intimar a Vd. entregue el castillo que ocupa y de entregarse Vd. y la guarnición prisionera de guerra. Os aviso que la artillería e infantería van a llegar y que por consiguiente si quiere Vd. capitular conmigo no podré estar más que en su favor.
Jobert.
P.D. Sobre vuestra respuesta que daré parte a S.M.
Señor comandante de las tropas del campo de Amatos:
No me es posible acceder a su proposición pues soy militar que me intereso por el honor de mis oficiales y soldados quienes resueltamente desean, con su Jefe, cumplir el deber que les compete. Para ello tienen todos los enseres necesarios y son tropas disciplinadas habituadas a oír el eco del cañón y a batirse entre los primeros soldados. Estas reflexiones le harán a Vd. ver que del fuerte será poseedor el que decida la suerte.
Es de Vd. su afecto servidor.
Castillo de Alba de Tormes 19 de noviembre de 1812.
Jose de Miranda.
Parlamento 3º
Señor comandante:
Vengo mandando una División francesa y le intimo a Vd. en nombre de mi General en Jefe a salir del mal reducto a donde Vd. se obstina a resistir.
Le doy a Vd. una hora para decidirse.
Espero vuestra respuesta.
Tiemble Vd. si es negativa.
El General Barón Antsenak.
Alba de Tormes 19 de noviembre de 1812.
Señor General:
Déjese de contestaciones y cumpla su deber que yo cumpliré el mió.
Muchos prisioneros a quienes he dado el mejor trato serían victimas de cualquier atentado que Vd. hiciese cuando la suerte de las armas le favoreciese más que a mí. Dios guarde a Vd. muchos años.
Castillo de Alba 19 de noviembre de 1812.
José de Miranda

Parlamento 4º
Sr. Comandante:
He llegado con la última Brigada de la División que mando. He sabido que el Comandante de caballería y el General de Brigada Antsenak, han escrito a Vd. para intimarle a entregar el castillo de Alba a las tropas imperiales. Ignoro cual era el contenido de las cartas de aquellos dos oficiales, pero vuestras respuestas me fueron entregadas. Ellas me persuaden, señor comandante, que Vd. ignora el estado presente del Ejercito Ingles y de sus aliados. Ya no debe Vd. esperar más auxilios; su retirada precipitada más allá del Agueda 9 y las perdidas que ya recibieron deben privar a Vd. de toda esperanza.
En este estado de cosas, sin dudar sobre los modos de resistencia que tiene Vd. y los que tengo contra Vd., le suplico que piense bien en el estado en que se halla. Si Vd. tiene a bien, señor comandante, enviar a uno de vuestros oficiales, hablaremos sobre la posición respectiva de los dos ejércitos, o si desea enviar alguno a Salamanca para informarse positivamente del estado actual de las cosas, me ofrezco a darle, señor comandante, todas las seguridades y escoltas que Vd. pueda desear.
Le ruego señor comandante reciba las vivas expresiones de mi estimación y perfecta consideración.
El General de División.
Sarrad.
P.D. Un músico de nuestro ejército se me ha presentado y me ha dicho que Vd. le dio libertad a él y a su hijo. Me ha dicho además que muchos más militares franceses caídos en vuestro poder eran también tratados como sus situaciones pueden permitir. Le ofrezco por eso, señor comandante, todas las expresiones de mi agradecimiento.
Alba 19 de noviembre al anochecer de 1812.
Señor General.:
Tengo constancia de haber recibido dos escritos del Comandante de caballería y del General de Brigada Antsenak.
Uno y otro me piden el castillo, mas el segundo, ignorando la entereza de mi carácter, indica en su última expresión de que “tiemble si me niego a ello”.
Ahora recibo la atenta de V.S. y desentendiéndome de cuanto impone la carrera militar en el caso en que me hallo, sería seguir el orden ordinario valiéndome de un seco modo de contestar a su relato merecedor de la mas graciosa y suave contestación y así paso a hacerle las más sinceras reflexiones para comunicarle de que por todos los medios estoy en situación de cumplir con mi deber.
¿Como podré desentenderme de la educación militar recibida desde mi juventud, y en la época de 19 años, siempre en ellos con alguna opinión, rindiendo un fuerte que es susceptible de la mejor defensa, tanto que siempre tendrá en duda al sitiador y mucho más conservando intacta una brillante guarnición de oficiales y soldados, será posible, señor General, acceda yo a rendir el fuerte sin antes sufrir centenares de asaltos?
No creo que V.S. me pida el fuerte, por el estilo que indica, sino es por el deber que le impone su enemigo como a mí el mío, y no por interés de recompensar mi gratitud por lo benéfico que soy a la humanidad, pues solo hago servicios por ella cuando no son en detrimento de la conducta militar. Tales han sido los del músico y su hijo, un cantinero y los enfermos que remití sin dilación al hospital.
No dudo dejen de ser ciertas las noticias que me da del Ejercito del que dependo, aunque anoche mismo he recibido escritos que me anuncian no concluida mi dependencia, y así pido a V.S. que me ataque si gusta y quedara convencido de que el fuerte de mi mando no es posible tomarlo a la fuerza sino después de un par de meses de sitio; que en este caso ya varían las circunstancias.
Por último, señor General, mi deber he de cumplirlo y nada vence a mi honor militar.
Repito a V.S. que me ataque siempre que guste y si tuviese más suerte en sus armas que yo en las mías, con gusto sufriré lo que me toque.
Lo único a que me resuelvo es ha acceder conservemos treguas al termino de 8 días. Yo no permitiré adelantar mis defensas ni V.S. el que se repare el puente, y concluidos estos trataremos del particular.
Me ofrezco con toda voluntad a las órdenes de V.S. reiterándole el afecto propio de su más apasionado S.S.Q.S.M.B. 10
Castillo de Alba de Tormes 19 de noviembre de 1812, a las siete y media de la noche.
José de Miranda.
Parlamento 5º
Alba de Tormes, 19 de noviembre de 1812 a las nueve y media de la noche.
Señor comandante:
El oficial que me envía Vd. me ha entregado la carta que me hizo el honor de mandarme.
La supongo venida de vuestra parte porque responde a la que yo le envié, aunque por distracción sin duda, se le olvidó firmarla.
No tome a mal si no me extiendo sobre su contenido y si me paro a decirle que las noticias que pudo haber recibido ayer noche no destruyen lo que yo tuve el honor de decirle sobre el estado actual de su ejército. Yo le he propuesto modos para convencerse.
31 años de vida militar me han enseñado también lo que un soldado se debe a su honor, mas en las circunstancias que Vd. se encuentra pienso que ha hecho bastante por uno y por otro.
Al fin, señor comandante, dejaremos nuestras comunicaciones hasta que otras circunstancias nos las hagan volver a tomar.
Os ruego de agradecer, señor comandante, las nuevas pruebas de mi consideración.
El General de División.
Sarrad.
Señor General:
Las reglas de toda guerra deben seguirse en todas sus partes, así es que emprendo la salida con mi guarnición.
Si las fuerzas de V.S. me encontrasen siendo compatibles nos batiremos en campo raso. Dejo un Oficial para que entregue a Vd. el castillo con los enseres que encierra, particularmente los prisioneros a quienes he mirado con toda mi consideración y omito suplicar a V.S. tenga la suya con el oficial, enfermos y demás individuos que quedan para su cuidado.
Supongo que sus escritos me han hecho ver la generosidad de su corazón.
Dios guarde a V.S. muchos años.
Castillo de Alba de Tormes 24 de noviembre a las 10 de la noche de 1812.
José de Miranda.
Tras su paso por el puerto del Pico, y las consiguientes etapas realizadas en Las Cuevas del Valle, Mombeltran, Arenas de San Pedro, Candeleda, Plasencia, Coria, Gata y Fresneda (Portugal) el teniente coronel José de Miranda junto a la compañía de granaderos y cazadores de su cuerpo y la de voluntarios del Rivero con las que heroicamente defendió el castillo de Alba, consiguió llegar a Orense en el mes de diciembre, después de eludir a sus enemigos y superar las enormes dificultades que una marcha de 130 leguas ofrece en la estación invernal.


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En reconocimiento al demostrado valor, la intrepidez y los conocimientos militares del Teniente Coronel Miranda durante su comandancia el en castillo de Alba de Tormes, la Regencia del Reino, a través del Ministro de la Guerra, le notificó sus “más expresivas gracias”, manifestándole al mismo tiempo la “alta consideración que le mereció su proceder y bizarría”. Cada uno de los soldados recibió dos pagas, algunos de ellos, en atención a sus circunstancias, fueron licenciados, y tras la resolución de juicio contradictorio D. José de Miranda Cabezón fue condecorado con la Cruz Laureada de San Fernando.
Por Orden General del Ejército de 30 de diciembre de 1812, tanto el teniente coronel Miranda, como los hombres integrantes de las compañías a su mando recibieron honores militares a cargo de la sección segunda de la 3ª división establecida en Orense cuyos cuerpos formados y con banderas desplegadas, presentaron armas al paso de las heroicas compañías al tiempo que les saludaban con tres aclamaciones gritando:

“¡¡¡ VIVAN LOS DEFENSORES DE ALBA !!!”
“¡¡¡ VIVAN LOS VALIENTES DE 6º EJERCITO !!!”

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1.- J. Blanco White, en su libro El Español recoge el siguiente informe que el general Hamilton realiza sobre estos hechos y que dirige al general Hill:
Alba de Tormes. Noviembre 11. 1812
Tengo el honor de comunicar a V. las medidas que he tomado para ejecutar las instrucciones de V. acerca de la defensa de este pueblo; y tengo el placer de decir que han obligado al enemigo a retirar la mayor parte de la fuerza que nos opuso, de modo que creo que podremos mantener esta posición todo el tiempo que V. lo tenga por conveniente.
Ayer puse guarnición y provisiones en el castillo, y, gracias a los esfuerzos del Capitán Golfinch, de ingenieros, esta en el mejor estado que las circunstancias permiten, y continua fortificándolo. El Capitán me ha sido utilísimo.
He dado a cada Regimiento un barrio de este pueblo y el oficial comandante ha atajado las calles y edificios de un modo muy atinado. Las brigadas de los brigadieres Costa y Campbell están en nuestra posición a la izquierda del Tormes. El brigadier Campbell da parte de haber causado alguna pérdida al enemigo, al querer este pasar por un vado cerca de la posición del brigadier.
El teniente coronel Tulloh ha hecho una distribución tan excelente de sus dos brigadas de cañones, que unidas como están con las dos brigadas de infantería en la orilla izquierda del Tormes, considero a mis flancos seguros.
Ayer por la mañana temprano dio parte el mayor-general Long, que mandaba la caballería al frente, de que el enemigo avanzaba en gran fuerza; y por tanto, me pareció retirar la caballería.
A eso de las diez el enemigo se presentó en las alturas en fuerza considerable de caballería y con una poca infantería para cubrir, según me pareció, un reconocimiento de varios oficiales de graduación. A eso de las dos la fuerza del enemigo se aumentó hasta quince escuadrones, seis mil hombres de infantería y veinte cañones, inclusos seis obuses de a 6 pulgadas, que inmediatamente comenzaron a hacer fuego y continuaron hasta que oscureció. Las tropas ligeras enemigas avanzaron hasta las mismas tapias que habíamos levantado precipitadamente; pero gracias a la frescura y firmeza del Regimiento 51º coronel Stewart, del 71º honorable coronel Cadogan, del 92 coronel Cameron , y la brigada del general Howard, el enemigo no se atrevió al pueblo.
Como a las ocho de la noche me vinieron varios avisos de que la infantería del enemigo se iba aumentando considerablemente, lo cual me indujo a mandar venir al pueblo tres batallones de la brigada del brigadier Da Costa, dejando su otro batallón para defender los vados. El enemigo retiro aquella noche su artillería y yo he dejado una pequeña fuerza de caballería y de infantería que mantiene un fuego vivo. Siento la pérdida de un número considerable de soldados, pero creo que no se creerá demasía, considerando el vivo e incesante fuego de artillería por tantas horas. La pérdida de los portugueses se verificó esta mañana estando de servicio y tengo muy gran placer de dar parte de su porte firme y animado.
Debo mucho al mayor-general Howard, que me ha asistido todo lo posible, e igualmente soy deudor a todos los oficiales y soldados de su excelente brigada por su celo, firmeza y conducta verdaderamente militar.
Al capitán Pinto Savedra, mi ayudante-general, al capital Watson de dragones ligeros, asistente cuartel - maestre - general; y al capitán Banburí, mi edecán, me considero deudor por su prontitud en ejecutar mis órdenes.
Incluyo el estado de muertos y heridos y confío que no tendremos muchos más.
Tengo el honor, &c.
John Hamilton, Ten-Gen.”
2.- Así se desprende de las anotaciones registradas en el Libro de Partidas de la iglesia de Éjeme. en el que se Indica:
"... Los desgraciados acontecimientos que sobrevinieron a esta tierra, por las tropas francesas en los largos acontecimientos hechos en ellas, hasta que se pusieron al lado del Poniente (en dice: días del mes de Noviembre del año de 1812), fueron tales, que por haber cortado el puente de alba, permanecieron en estos lugares por espacio de tres semanas los ejércitos enemigos hasta que se formaron tres puentes de madera, parte de éstas de mis Iglesias, desde el vado de Galisancho hasta este vado de Éjeme, llamado de Los Lavaderos; de tan fatal suceso no solo perdimos los haberes de Casa, sino que no fueron preservadas las Iglesias: fueron saqueadas y arruinaas en este partido muchas de ellas, y con especialidad en este beneficio por causa de sus vados, fueron destruidas la de éste de Éjeme, fue desbaratado el cuerpo de ella, dejando solo la capilla Mayor; la de Galisancho y su sacristia fueron echadas enteramente por el suelo, y la de Portillo imposibilitada para poder decir Misa, por el desbarate de sus altares y maderas. A esto le siguió el haber perdido los Libros de Fabricas, y lo más sensible, haberle corrido igual suerte a los Libros de Partidas de Bautismo, y así, para que en lo sucesivo no se carezca y pueda darse alguna razón de los que, por su desgracia, tocó esta infeliz suerte, he tenido a bien, aunque no con poca modestia, poner en esta una completa razón, por familias, qué año fueron bautizadas, por quién, quienes fueron sus padres, y sus abuelos, y sus padrinos, cuya información se ha hecho averiguado por los hombre más antiguos del pueblo y para que pueda sacarse una razón general de los otros, pongo las partidas siguientes en este Libro nuevo, que para él intento, y evitar equivocaciones. Solo consta de las Partidas que perecieron, principiando estas, el año de 1784, cuyo folio, digo, año, principiará el Liebro que pereció, finalizando éstas el año de1812.- Don Francisco González Brieba.- Éjeme."
3.- Literal de las instrucciones que, por escrito, deja el teniente coronel Miranda al teniente Solar en el momento de iniciar la evacuación del castillo.
Queda de escolta el sargento José Silva, dos cabos, y diez y ocho soldados colocados en el órden siguiente: el cabo José Campos con cuatro soldados por la parte exterior del castillo, situados en centinelas desde el pri­mer rastrillo hasta el parapeto del horno, haciendo fuego toda la noche sobre el pueblo: en el parapeto alto dos, soldados que harán el mismo fuego; y en caso de ser atacado el cabo Campos, se replegará á este pun­to, que sostendrá con energía, respecto se halla con toda seguridad: reti­rando la escala de mano luego que suban los soldados: en el malecón sobre el puente estará el sargento Silva con cuatro soldados que harán sus fuegos por aquella parte, y en observación de los del cabo Campos; pero si éste se retirase, por ser atacado, al punto indicado, será todo su objeto batir el frente del rastrillo principal del castillo: en el parapeto inte­rior, o depósito del ganado, se colocarán dos soldados para observar al cabo Campos; y retirándose éste harán fuego por las aspilleras á cuantos objetos se aproximen, en cuyo caso serán reforzados por el cabo Mateo, con cuatro soldados que defenderán todo el frente sin el menor riesgo. El oficial con el cabo y seis soldados se colocará en el tramo que baja al huer­to; y un luego como observe que la columna no vuelve al castillo, cer­rará el postigo, arrojando sobre él los escombros que al efecto le quedan preparados, y dejando dos soldados para que hagan fuego á los que por aquel frente se aproximen, deberá retirarse al patio y rastrillo principal.
El sargento herido Tomas Alvarez en el cubo de la torre, que sirve de hospital, queda encargado de no permitir la salida de enfermo alguno, del armamento de estos, de un cajón de municiones, y de las tablas que sirven de puente para entrar al depósito de prisioneros, con preven­ción de las funestas consecuencias que le resultarían si llegasen á salir del fuerte calabozo en que por sí solos están custodiados.
Todo el cuidado del oficial Solar será vigilar que los puntos sigan un fuego sostenido durante la noche para persuadir al enemigo de que la guarnición está dentro; y si por algún incidente se arrojase á las obras exteriores, como el malecón, parapeto interior y el alto hagan sus fuegos, no podrá conseguir mas que alojarse en la ermita arruinada, casa del hor­no y su corral; pero como su objeto sea sostenerse en la noche, no debe imponerle aun logrando tal ventaja: para visitar los puestos deberá hacerlo por las comunicaciones interiores sin necesidad de abrir el rastrillo, su­puesto quedan situadas las escalas de mano. Si por algún incidente desgra­ciado volviese la columna al castillo, lo verificará inmediatamente.
Luego que haya amanecido el día 25, dispondrá que el sargento José Silva con su fornitura, armamento, y un pañuelo en la mano pase á la villa para entregar al general francés la carta que dejo al efecto, encar­gándole no lo verifique á otra persona alguna, ni indique haberse marchado la guarnición. Seguidamente reunirá toda la escolta en el patio, y por las noticias de compañías se cerciorará de si son los mismos individuos, aumentando en ellas cualquiera otro que por casualidad apareciese en el castillo. Las listas de prisioneros deberá darlas al oficial francés que se presente y le acompañará al cubo depósito para que el se entregue de ellos, pues de sacarlos antes se expondría á desórdenes. Todas estas pre­cauciones y formalidades harán honor y respetar al teniente Solar. Castillo 24 de noviembre de 1812. De Miranda.
4.- La salida de Alba se realizó por el Campo de San Francisco, tomando posteriormente dirección sur-sudeste, efectuando la primea parada en un lugar próximo a Carpio Medianero. Conviene no confundir este con su homónimo próximo a Medina del Campo, en el que permaneció el duque del Parque en noviembre de 1809 antes de comenzar su retirada, ni tampoco con Carpio Bernardo, situado en las inmediaciones de Alba, aunque al otro lado del río.
En sus desplazamientos para eludir al enemigo, y antes de alcanzar el Puerto del Pico, recorrió Garcigrande, Gallegos de Crespos, Alaraz, Malpartida, parajes próximos a San Garcia de Ingelmos, Gallegos, Santa Maria del Arroyo, Mengamuñoz y Hoyocasero.
5.- Aunque se ha intentando en todo momento mantener la literalidad del relato, en contadas ocasiones ha sido necesario realizar ligeras modificaciones en su redacción original o en la utilización de determinadas palabras para lograr una narración más ágil y comprensible.
6.- Las fuerzas del General Sarrad se encontraban en el Campo de San Francisco (zona donde actualmente se encuentra el Instituto albense), desde el que se desplegaron puestos que, rodeando el castillo, llegaban hasta la Dehesa, y Aceña del puente, así como en las calles de su entorno y en la bajada al rio.
El convento que se cita es el desaparecido de San Francisco, en ruinas en aquellas fechas.
7.- La Romana Alta o La Romana Baja. La referencia puede ser valida para cualquiera de estas dos fincas que lindan con la ribera derecha del actual pantano de Santa Teresa a la altura de Pelayos.
8.- Su Majestad Católica el Rey José I de España, hermano del Emperador quien delegó en él sus “derechos dinásticos adquiridos” tras la forzada abdicación en Bayona de Fernando VII y toda la familia real en Carlos IV y de éste en favor de Napoleón. El pueblo español nunca le admitió como rey y pasó a la historia con el sobrenombre de “Pepe botella”.
9.- Afluente del Duero, que discurre de sur a norte por el oeste de la península Ibérica entre España y su frontera con Portugal, bañando, entre otras, las tierras de Ciudad Rodrigo.
10- Su Servidor Que Su Mano Besa. Antigua formula de cortesía utilizada para la despedida en cartas y escritos.

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