lunes, 6 de abril de 2009

La Soledad de mi pueblo

Iniciada ya la Semana Santa recordamos hoy una reseña firmada por el escritor albense José Sánchez Rojas, publicada en el semanario “Alrededor del Mundo” de fecha 23 de marzo de 1910, dedicada a la imagen de La Soledad que se custodia en el convento de la Madres Carmelitas de Alba de Tormes, de cuya página Web hemos obtenido la imagen que ilustra la reproducción de este artículo.

LA SEMANA SANTA EN CASTILLA
LA SOLEDAD DE MI PUEBLO
(Para Manuel Campos)

Sermón de la Soledad llaman mis paisanos al que escuchan todos los años, la tarde del Viernes Santo, en la Iglesia de Madres Carmelitas, donde se conserva el cuerpo de Santa Teresa de Jesús, la Reformadora del Carmelo.

El templo está oscuro casi siempre, la desnudez severa de los muros, la cubierta negra de los altares, el simétrico tenebrario con sus velas amarillas apagadas, el salmodioso y nasal canto litúrgico de las monjas, la ausencia de lujosos detalles en el monumento, y, sobre todo, la Soledad, aquel magnifico busto de madera, que se exhibe en la parte mas visible de la iglesia, encienden el animo en religiosa contemplación, incitan a rezar en oración callada, y convidan a verter lagrimas tristes por la Madre que llora la muerte de su hijo.

Jamás me han convencido estas fiestas mundanas, con detalles chocarreros y profanos, ni me han inspirado recogimiento alguno esos conciertos musicales de las grandes fiestas que, frecuentemente celebran los jesuitas. Pero… este sermón que oyen mis paisanos con fervor hondo, el viernes Santo, me llega al alma y aun creo que me sugiere algo de las solemnidades cristianas primitivas, ecos de las catacumbas, oraciones del Apóstol, que excitaba a las masas humildes y sencillas.

Yo no se, generalmente, lo que dice el predicador…

Habla del Calvario y de los sufrimientos de las madres que pierden a sus hijos, para deducir humanamente el dolor de María. Habla de noches oscuras y traidoras, de lamentos quejumbrosos, del desquiciamiento, sublimemente trágico, de la naturaleza durante la agonía de su Creador… Yo tengo mi alma puesta en otra parte; mis ojos no tratan de mirar si el predicador acciona o no acciona: los tengo fijos en la Soledad.

¡Y que Soledad, Dios mío! Yo no he visto nada más hermoso, ni creo que exageren las beatas cuando dicen que no hay busto como aquel en el mundo. Una mujer hermosa, con la hermosura del dolor en el rostro, con lágrimas que caen lentas de las mejillas rosadas, con los ojos castaños oscuros, con las manos en cruz, con el manto plegado en elegante desaliño…

Yo no se que hechizo tiene para mi aquella imagen, ni como pudo amontonar tanta ternura el artista, en aquella estatuilla humilde, de madera. No se cansan los ojos de mirar y remirar; a cada momento se descubren nuevas perfecciones, y es cosa de estarse embobado todo el santo día de Dios, mirando de hijo en hito, sin perder el retoque admirable o el perfil arrinconado; es cosa de tomarse la molestia de averiguar el nombre de aquel artista –italiano por las trazas- que personificó tan maravillosamente el dolor de María.

Cuanto más contemplo la imagen, menos sé definirla ni pintarla. Prodúceme la Soledad de mi pueblo una sensación indefinible, un cosquilleo espiritual que me diera largo rato. Quisiera en aquellos momentos abrazar a la Humanidad en un abrazo de compasión infinita. Se olvidan las pequeñeces, las miserias, los odios; nos lavamos en un baño de piedad que deja grata frescura en el corazón… Y me invita a rezar la imagen, no con los aprendidos rezos de siempre sino con otros más espontáneos, donde las palabras sobran; y es que en aquella imagen hay, por debajo de la angustia de toda la madre, la sublime abnegación de María.

Aquel sosiego perfecto, «aquella humildad en la expresión de las quejas» –que diría Eugenio de Castro, el maravilloso poeta portugués- ahogan el espíritu en un mar de dulzura, y aquellas «soledades» de la mujer sencilla, nos llevan al amor, esencia del Cristianismo…

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Al día siguiente, temprano, trasladan la Soledad, de la Iglesia al Convento. Es una ceremonia sencilla y breve. Pocas imágenes más veneradas en Alba de Tormes que la Soledad. La Devoción que inspira en mis paisanos aquella escultura italiana, es, sin duda, el reflejo del arte limpio, humano, sin trampa ni cartón, en sus corazones sencillos. En Alba de Tormes se conservan –ya lo he dicho- los restos de Santa Teresa. Sin embargo, la imagen de la Mística Doctora es mediocre, sobrecargada de joyas y de dijes, de gusto dudoso y plebeyo. Inspira curiosidad a secas; la “Soledad” en cambio despierta y desata mil emociones latentes en el ánimo.

La Soledad es llevada al Convento procesionalmente. Suenan, en el espacio, el estampido de los cohetes; una charanga inicia una marcha religiosa; los carmelitas, con la cabeza afeitada, y las amplias capas blancas sobre el hábito café, runrunean plegarias. Minutos después, las mojas, con la faz cubierta, reciben la imagen de la Soledad. Y si os ocurre entonces tornar a la Iglesia, notareis un vacío inexplicable.

Aquellas naves parecen un cuerpo sin alma, un corazón sin ilusiones ni recuerdos. Digo: con recuerdos, si. Flota en el ambiente, cargado de olor a incienso, de limpieza y de flores, un halito de tristeza, de abandono, de soledad, de dolor callado; ¡la estela que dejó en el templo la expresión indefinible de los ojos castaños de la Virgen aquella!...

Alba de Tormes (Salamanca), 8 Marzo, 1910
JOSE SANCHEZ ROJAS







ALREDEDOR DEL MUNDO 23/03/1910
Biblioteca Nacional de España

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