jueves, 23 de abril de 2009

Villalar de los Comuneros

En coincidencia con la conmemoración de la derrota de Villalar y la pérdida de las libertades castellanas reproducimos un extracto del artículo de José Sánchez Rojas "Castilla y Cataluña" que ya se encuentra disponible, íntegramente, en la sección que nuestra zona de descargas reserva para este escritor que con tanto tino supo reflejar el espíritu castellano.

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Castilla se defiende con las Comunidades y con la Junta Santa, funda sus hermandades, mancomuna –nunca mejor empleada esta palabra que aquí- mancomuna sus Concejos y sus gremios, se apresta a la defensa, Bravo monta a caballo, Maldonado grita en Salamanca contra el flamenco, Juan Padilla levanta en Toledo hasta las piedras contra el alemán. Pero viene Villalar, y se levanta la horca, y mueren como cristianos los que supieron pelear como caballeros. ¡Y aquí yace Castilla, a manos del alemán! Y –escribe Macias Picavea– “llegó a España el teutón Carlos V, copó la nación, la encadenó a Alemania, y desde aquel día nefasto, ¡adiós municipios republicanos, regiones libres, gremios democráticos, ciudades industriosas, campos prósperos, burguesía inteligente y rica, Justicia de Aragón y Consejo de Castilla, Cortes venerandas, milicias nacionales, reivindicaciones de la España fangitana, empresas pura y castizamente españolas! ¡Adiós, nacionalidad! ¡Adiós, tradición! ¡Adiós, progreso! todo aquello que era nuestra médula y nuestra alma, se apagó prontamente. Y desde entonces todo fue también boca abajo, de cabeza hacia el abismo”.

No se equivoca Macías Picavea, en efecto, porque la tiranía no se detiene jamás, y lo que hizo con nosotros Carlos, hizo Felipe II con Aragón valiéndose de los sometidos castellanos, y Felipe IV, el amante de la Calderona, el libertino, idiota y catolicísimo, con las libertades catalanas. Pero nosotros, los castellanos, que fuimos los primeramente sometidos a las brutalidades de un poder unitario manejado por los Austrias, éramos -¡terrible y mentirosa paradoja! Los opresores a los ojos de los demás pueblos, que no podían advertir, en los momentos en que se les atenazaba, que Castilla, metiendo el enemigo en casa, había dejado de ser lo que era y que la derrota de su ideal le llevaba forzosamente a la comisión de los más terribles desafueros. Castilla –y esta es la lección que debo recoger aquí- no tiene ya nada que ver con lo que posteriormente se llama sentido castellano. En el siglo XVI perece. Disipada su personalidad se convierte en un instrumento en manos de sus oligarcas. Un rey, forastero, trájola el sometimiento, la intervención de un pueblo extraño, la esclavitud. Y culpar a Castilla de sus propias desgracias es exactamente lo que mismo que si hoy hiciéramos a Bélgica responsable de los desafueros alemanes o a Servia de los crímenes austriacos.
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