sábado, 1 de diciembre de 2012

Diario de la defensa y evacuación del castillo de Alba de Tormes: Martes, 1 de diciembre de 1812

«Día 1º de diciembre. Al amanecer la columna paso á la villa del Hoyo, donde llegó entre nueve y diez; y como hasta entonces hubiese sido imposible al comandante dar el parte de la evacuación del castillo y demás ocurrencias ulteriores, lo verificó en aquella tarde, despachando al sargento de cazadores don José Noval con oficios para el generalísimo, general en gefe y  gefe del estado mayor general, cuyos contenidos eran iguales al que se manifiesta al nº 9º. El teniente Narváez se incorporó sin los efectos: asimismo llegó aviso de Monbeltran y Arenas, que el enemigo caminaba al Puerto por reconocer era imposible alcanzar la guarnición del castillo de Alba de Tormes.»
 [...]



 «NÚMERO 9º
No sé si habrá llegado á manos de V. S. el parte que le dirigí con fecha del 16 indicándole lo ocurrido después de la retirada de las tropas que se hallaban en Alba de Tórmes á las ordenes del general John Tameter: en aquel instante aunque de paso ocupó el pueblo y campo todo el ejército enemigo, remitiéndome un parlamento para que les entregase el fuerte que se hallaba á mi cargo, cuyo contenido y el de la contestación notará V. S. al nº 1º: sus ideas eran facilitar el puente que acababa de cortarse, y para ello hicieron varios reconocimientos que les fueron bien caros: parte del día 15, 16, 17 y 18 puedo decir tuve libres; pues en la tarde del último ya se me presentaron trescientos dragones con nueva intimación demostrada al nº 2º Al día siguiente lo verificó una brigada de infantería, cuyo gefe repitió la tercera; y en la tarde llegó otra  brigada al mando del general de división Sarru quien me pasó la cuarta intimación, con otra contestación que le acompaña emanada de la que dí á su escrito: éste no demoró el circunvalar mi posición con veinte y tres puestos en avanzadas desde la orilla del rio hasta las alturas del frente de la villa de Alba, trazando la línea de éstas con el convento, y como punto central colocados en él unos cien hombres de infantería; á retaguardia del pueblo un batallón y la demás fuerza con su cuartel general, en la villa, donde ocuparon las torres y demás edificios altos, con el fin de descubrir á mis valientes soldados que como fieras se defendían tras de sus parapetos, y muchas veces fuera de ellos, para buscar mas á lo claro sus enemigos que andaban por las calles. Así continuaron, sin perdonar fatiga alguna hasta el día 24 por la noche en que les dí la orden de estar prontos para salir á atacar al enemigo, y seguidamente previne á don Nicolás Solar, teniente de granaderos de Voluntarios del Rivero, que con un sargento, dos cabos y diez y ocho soldados debía cubrir los puntos principales del castillo, siguiendo sus fuegos por el orden acostumbrado y algo mas vivos, para que el enemigo no echase de ver la gente que se extraía de los puestos: también encargué los veinte y tres enfermos de la guarnición, y los ciento cuarenta y tres prisioneros hechos en la salida el día 15, entregándole una carta para el general Sarru que debería remitirle al día siguiente, siempre que yo no volviese al castillo. En esto municioné la tropa á sesenta cartuchos y los sobrantes inutilizados en parage donde no sería dable al enemigo descubrirlos. Seguidamente abrí un portillo y formada la guarnición en masa con bayoneta armada y prevención á mis oficiales y soldados, despreciando los fuegos del enemigo y colocándome á la cabeza de esta columna emprendí la marcha á paso redoblado con tanta suerte, que en breve arrollé todos los obstáculos y mis enemigos; en el mayor desorden sin servirles de nada los toques y señales de alarma, solo se oían las voces que se dejaban entender, los españoles se van; y sus fuegos me indicaban el desorden en que se hallaban. A la media legua empecé á apostar partidas en escalones por si trataban de seguirme; mas estas nada tuvieron que hacer, y continué sin novedad hasta ser de día, que llegando al lugar de Carpio-Medianero se me avisó por la justicia hallarse al cuarto de legua seiscientos caballos enemigos, por lo que me fue forzoso desfilar sobre el flanco izquierdo, y emboscarme en la dehesa de Garcigrande, donde pasé el día haciendo exploraciones hasta las tres de la tarde, que se presentaron á reconocerme como á tiro de fusil treinta caballos, los que se corrieron, al parecer para descubrir bien mi retaguardia; pero sin dar lugar á ello rompí una marcha maquinal que sostuve hasta haber obscurecido, que cambie el rumbo con resolución de tomar á toda costa las barcas de las Romanas y aceña inmediata; mas por personas fidedignas se me dijo en el camino de Orcajo Medianero no haber barca alguna por haberlas destruido todas el enemigo; y viendo frustrada mi empresa, contramarché para salir por algún claro, que como sus fuerzas eran muchas, no pude conseguir en los dios 25, 26, 27, hasta el 28, que habiendo hecho los enemigos movimiento en Peñaranda y demás puntos que ocupaban, aprovechándome de él, salí del círculo en que me hallaba, y por medio de una marcha rápida en la noche pillé el Puerto del Pico que se me avisó tenían descubierto.   
Omito manifestar á V. S. cual ha sido la conducta de mis oficiales y soldados, pues todos á porfía se han esmerado en demostrar su heroísmo desde el día que entraron en el titulado castillo, que no es otra cosa que las ruinas de un palacio: así se observó, cuando empezaron las aguas, desplomarse las paredes: su recinto era desproporcionado para la pequeña fuerza de trescientos hombres, y por lo tanto han permanecido en los puntos sin relevo, ni otro descanso que el cambio de soltar el fusil para tomar la pala ó pico; mas con todo sus semblantes me indicaban la confianza que debía tener en ellos, y el gusto con que sufrirían la suerte que les inspirase el deber: durante el bloqueo solo tuve un granadero de Monterrey muerto al golpe, un sargento del Rivero herido, y el soldado portugués Manuel González del regimiento nº 2º, que cuando quiso seguir su cuerpo, ya el puente estaba cortado, y despreciando el fuego del ejército enemigo, se refugió al castillo. En la salida solo tuve trece á catorce muertos ó heridos, que por el objeto de mi marcha pasé con el dolor de dejarlos en el campo: la pérdida del enemigo no me es fácil expresarla, pero los campos de Alba y calles de este pueblo solo presentan cadáveres y sangre vertida de heridos, entre los que fueron algunos gefes y oficiales. El Rey intruso que pasó en seguimiento de su ejército el 16, tuvo que separarse á alguna distancia del camino y de sus soldados: el que fue atrevido, y no lo hizo, pagó con la vida. Dios guarde á V. S. muchos años. Hoyo en Extremadura 1° de diciembre de 1812. = José de Miranda. = Señor don Pedro Agustín Girón.»


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