viernes, 29 de marzo de 2013

Viernes Santo en Alba de Tormes. La Soledad

«El recuerdo más hondo y más inefable que guardo en el corazón del día del Viernes Santo en la niñez, es el del sermón de la Soledad, en el Convento de Madres Carmelitas Descalzas, de Alba de Tormes, donde se venera el cuerpo de Teresa de Jesús. El sermón se celebra, ya bien entrada la noche, en el Monasterio. Asisten a él los Carmelitas, encapuchados, con sus capas blancas, sus sandalias y sus hábitos café. El Tormes deja llegar hasta aquel paraje el rumor doliente de sus quejas. Los praderales de la vega envían también sus primeros perfumes primaverales a los pies de la Soledad. Y en la noche tibia, y clara, y dulce, por lo común, del Viernes Santo, se quiebran todos los ruidos y todos los rumores en aquella plazoleta de la Santa, que comienza a llenarse de fieles. A las hembras les crujen las faldas de seda, al paso, y los hombres llevan sus mejores galas al sermón.
En la iglesia, ningún adorno superfluo. Los altares están cubiertos de las telas moradas y  solamente se deja al descubierto, en el presbiterio, el sepulcro de la Madre Fundadora, rico de plata afiligranada salmantina. Y entre diez o doce hachones, sin más aditamentos ni requilorios, en el centro de la iglesia, la Soledad. Esta dulce Soledad de las Carmelitas es la joya de mi pueblo. Tiene su historia y su leyenda. Doña María de Colón y Henríquez, Condesa de Monterrey y esposa del Gran Duque de Alba don Fernando, la regaló al Monasterio. Dicen que la trajo de Nápoles en sus tiempos de virreina. La imagen, en efecto, es la de una ragazza napolitana, tallada en rica madera policromada. De los ojos, ardientes y puros, y absortos a la vez, brotan dos gruesas lágrimas que queman el rostro moreno. La boquita se pliega en un breve rictus de amargura. Las manos en cruz están en actitud de plegaria y el manto, compuesto y armonioso, no descubre un momento de dejadez y descuido. ¡Qué bonita es la Soledad de mi pueblo! Pero la imagen de mujer es también de la Madre de Dios. María presiente la resurrección del Hijo, y en su compostura se advierte el presentimiento de que no puede ser estéril el sacrificio de la Cruz. Y María tiene delante de sí la corona de espinas, que es la corona que mejor cuadra a todas las Madres.
El sermón es siempre breve y patético. Habla de los dolores y de la soledad y del sacrificio de la Madre. Y el órgano lo glosa a continuación. Los Padres, con su voz grave, y con su dejo gangoso y gutural las monjitas, entonan el Stabat Mater.
Y las notas del órgano lloran y rugen, y murmuran, y se pierden en dulcísimos trémolos, y vibran después con todos lodos dolores violentos de la pobre Humanidad en los registros graves, y mueren, y callan al fin, suspirantes y esperanzosas, que mañana resucitará el Justo de entre los muertos, levantando El mismo las tapas del sepulcro, entre los soldados dormidos.
Y nada más. La ceremonia, breve y sencilla, se ha concluido. Se apaga la vela amarilla que permanece encendida del tenebrario y los diez o doce hachones que en el presbiterio alumbraban la imagen de la Solead. Resuenan las caracas en los dos coros. Por unos minutos queda la iglesia en tinieblas perfectas. Torna a alumbrarse el rostro de María y desde cerca se ven muy bien en la graciosa talla tres lágrimas que surcan sus mejillas de Virgen morena y maternal. Hace ya muchos años, muchos -¿te acuerdas, corazón?-, nuestra madre nos llevaba de la mano para que nos arrodilláramos ante la Soledad. Y llevaba una velita a casa, para los días de las tormentas y para la vigilia de los enfermos graves. Después, en silencio, salíamos a la plazoleta de la Santa. Los Carmelitas, encapuchados en sus capas blancas, silenciosos, solemnes, salían a su convento, que está enfrente del de Santa Teresa, en la misma sugestiva y evocadora y castellanísima plazoleta. Oíamos, camino de casa, la canción del río que decía sus primeras trovas a la primavera y aspirábamos, sonrientes y anhelosos, los primeros olores tempraneros que llegaban de la vega. Ni un rumor, ni un ruido, profanaba el denso y hondo silencio de aquella noche de los Viernes Santos de mi niñez. Y acostados, después de la colación de pescados, de huevos y de lacticinios, pensábamos en las estrofas del Stabat Mater que acabábamos de oír y admirábamos las manos agiles del organista, del Padre Manuel, que en el órgano grande de los dos teclados dobles decía también toda su ternura y todo su amor de hijo ante las horas de soledad de María a los pies de la Cruz, en el Calvario, cuando el Sol se puso, los montes temblaron y las tinieblas se adueñaron de la faz de la Tierra, al presenciar la tragedia del Justo, que había de resucitar.»

José Sánchez Rojas

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