martes, 13 de abril de 2021

Cocina de subsistencia

Nicolás Sánchez Monge, Chef del Hotel-Restaurante Don Fadrique de Alba de Tormes nos presenta en estos dos programas emitidos por el magazine de Tve Aquí la Tierra los domingos 21 y 28 de febrero pasado –que hemos recopilado y agrupado en un único video– dos recetas tradicionales de la denominada cocina de subsistencia:  jamón de pobre y lentejas al horno con gallina y raíz de perejil.

lunes, 5 de abril de 2021

El Santo de Valdecarros

Vecino de la cercana localidad de Valdecarros, se llamó Roque Carabias Delgado, y, según parece, en los comienzos del pasado siglo, renunció a una vida acomodada para dedicarse a ayudar a los más necesitados.
De él hemos sabido gracias a estas dos semblanzas –que reproducimos– publicadas en distintos medios de comunicación de la época y, curiosamente, ambas escritas por dos populares coterráneos nuestros que alcanzaron a conocerlo. Una de ellas, la más literaria, firmada por el escritor y periodista José Sánchez Rojas –reproducida, como en él era costumbre, en diversas cabeceras y en su libro Paisajes y cosas de Castilla– y otra, la primera publicada, nacida de la pluma del abogado –y propietario de la primera central eléctrica de Alba de Tormes– Luis de Zúñiga y Clavijo.

El Santo
Luis de Zúñiga
En medio de extensa llanura de tierras labrantías, cerca de la villa de Alba de Tormes, existe el pueblecito de Valdecarros. En él, desde las diversas posiciones en que les colocara la fortuna, todos se dedican al cultivo de la tierra de su extenso termino municipal. Entre sus habitantes vive el labrador Roque Caravias Delgado, a quien sus convecinos conocen por el sobrenombre con que encabezamos estas líneas ¿Por qué han dado en llamarle así? A fuerza de fuerzas, el mismo nos ha confirmado lo que la fama ha extendido recientemente por toda la tierra de Alba, refiriéndonos su vida con la encantadora sencillez del hombre que, libre de toda clase de vanaglorias, tan alto pone su corazón
Es Roque Caravias cenceño de cuerpo y de rostro simpático, está en edad madura empieza a ser viejo. Su padre, muerto hace poco tiempo, le mejoro en testamento en el tercio de sus bienes, tercio que él renuncio en beneficio de sus hermanos. Terminada la testamentaria, en la que se inventario propiedad territorial por valor de algunos miles de duros, correspondieron a Roque heredades que en el acto ofreció a sus hermanos por menor valor de aquel en que se le habían adjudicado y mucho menor del que positivamente tenían, realizando con la venta quince o veinte mil pesetas en metálico.
Poco duraron en su poder. Ansioso de aupar al necesitado y conocedor de las desgracias que le rodeaban, llevo pan donde el pan hacía falta, el buey donde la yunta se había descabalado, albañiles donde la cumbrera se hundía y en poco tiempo ha distribuido íntegramente su capital con el acierto que inspira la firmísima voluntad de hacer bien.
Después, como antes de heredar, a trabajar, y trabajando está hasta el domingo, en que lo que le sobra del salario que gana como excelente aperador, lo regala al que cree que lo necesita más que él.
Para comprender en toda su extensión la calidad de este filántropo, es menester tener en cuenta la idiosincrasia del país. En todas partes la propiedad de la tierra constituye el ensueño de la generalidad de sus moradores, pero aquí, donde se carece de industrias, donde los negocios mercantiles están limitados a un tráfico insignificante, los financieros son punto menos que desconocidos y todo medio de ganarse el sustento no existe, la tierra es la codicia de la vida. A ella está unido el aldeano de tal suerte, que no es raro observar que su posesión ocupa en sus afectos lugar preeminente al de la familia.
Este hombre extraordinario que recuerda más a San Francisco de Asís que a Tolstoi, que no ha oído hablar en la austera labor que constituye su existencia, de democracias, falansterios ni socialismos, siente la fraternidad universal con una resolución avergonzadora para los teorizantes más briosos. Predica con el ejemplo. Su gran obra no espera nada. Hace el bien en lo obscuro y duerme tranquilo sin preocuparse de lo que piensen o hagan los demás. Pero los demás deben preocuparse de él, y ABC darle a conocer.
Bien está que Roque, El Santo, como se le llama con justicia, vaya a arar ¿verdad, Sr Maura? Pero también podía ir con la cruz de Beneficencia colgada de su mugriento chaleco. No todos los dorados uniformes que la ostentan encerrarán sentimientos más nobles y generosos.
Es verdad que probablemente el Santo Roque no aceptaría la condecoración.


El Santo
José Sánchez Rojas
Apenas despuntaba el alba, cuando, encapotado en la fuerte manta, subo al rucio matalón del médico. Llueve. Las herraduras nuevas del caballote, al machacar los chinarros de la calle, levantan chispas a su paso. La campana de las Carmelitas tañe sonoramente. La diligencia, tropezándose como un beodo, suena su herraje roto, camino de la estación. Y todas las campanas de la vieja villa, saludando el bronce carmelitano, prorrumpen en alegre algarabía: primero, la campana de San Pero, doctoral y grave; la de San Juan después, sonora y viril; la de los Padres la última. Las cosas van recobrando sus contornos, y se disipa, poco a poco, la tinta azul del telón mañanero.
En la puerta del río, junto al Tormes, a los pies de la torre del Homenaje de los Duques, va un labriego en su carro. Curte su rostro el frío. Con la aijada en lo alto, el hombre va cantando con voz gangosa:
“Esquilones de plata,
bueyes rumbones:
¡Estas sí que son prendas
de labradores!”
Mi amigo y yo llevamos al paso los jamelgos. Salimos de la villa. La cinta de plata del claro río que cantara Garcilaso, remata a lo lejos, cabe las nevadas montañas de Béjar. El río defiende su curso en semicírculo. Murmura lentamente su canción de quietud. El pueblo pizarroso, “alto de torres, pero de muros bajo”, se agazapa, a la sombra del castillo grietoso. Unos chopos aguantan a pie firme la helada: del castillo son guardianes celosos y seculares. Entramos en la dehesa comunal. Las ruinas del convento de San Leonardo, vistas a la madrugada, son de un singular hechizo. Una cabra muerde la hierba en lo que fue coro de la iglesia. Junto al esplendido patio gótico, tendido en una manta, reposa un gañan; su cabeza descansa en un saco de paja, que sostiene un medallón que cayó a tierra, desprendiéndose del hueco. Y seguimos nuestra caminata. Las cuestas de Galiana esconden ya la villa: estamos en la llanura parda, ante los surcos infinitos y quebrados. Un puebluco de adobes se ampara al calorcillo de un monte: Navales. Nuestros caballos trotan escandalosamente en las rúas del lugarejo. Y tornamos a salir a la llanura. Ni un regato, ni un árbol. En estas veredas, holladas en sus peregrinaciones por Teresa de Jesús; en estos vericuetos donde escondieron su vergüenza los franceses después de las derrotas de Arapiles y de Garci-Hernández; en estos rincones, que cantó el anónimo juglar del Romancero, con las andanzas de Bernardo el del Carpio y del Moro el del Arapil, la tierra parda adopta un ceño adusto, hosco, casi trágico. Se nos antoja que asoma la testa el Cid, montando en Babieca, junto al leal obispo D. Jerónimo, o que aparece en la cuesta Don Quijote, caballero en Rocinante, a la vera del burro respingón y nervioso del buen Sancho.
Mas todo es un efecto de espejismo. En dirección opuesta a la nuestra vienen un cura alto y el albéitar del lugar, panzudo y socarrón, que marchan a Alba a yantar, que un misacantano celebra su misa nueva. Detenemos las cabalgaduras. Temblando de frío, cambiamos el socorrido cigarrillo.
– ¿Conque a Valdecarros?
– Sí; a Valdecarros – respondemos.
– ¿Y esta el Santo? – pregunto al presbítero.
– Si; Allá dejé al tío Roque. ¡Cuidado con preguntarle nada! ¿eh? Si husmea que usted va con malos fines para sacarle en los papeles, su boca se cierra a cal y canto.
Y luego, en una exclamación suelta, donde hay sus posos de picardía y sus migajas de compasión, añade con voz sonora:
– ¡Estos literatos...!
Nos despedimos. Cuestas y más cuestas. Desgarra el sol la neblina. Cuando queremos gozarle, nos empotramos en un barranco. Resbala mi caballejo y se repone con presteza. En lontananza, Valdecarros.
Es un pueblo como todos los pueblos de Castilla. Más pelado, más seco, más árido que todos juntos. Descubrimos sus casucas, las tenadas de los corrales, los portalones enjalbegados. Las casas de los primates están pintarrajeadas de colores vivos y chillones. La iglesia inicia una plazoleta castiza. Forman un lienzo la casa rectoral y la mansión de un pudiente, y los portalones de la alhóndiga el lienzo opuesto.
Nos esperan junto a la iglesia. Asistimos a la toma de posesión de un médico. Casi procesionalmente, de un modo formal y grave, marchamos con la comitiva al Concejo. Se celebra sesión inaugural. Léese el acta de la anterior. Los forasteros nos calentamos al brasero de la comunidad. Nos ofrecen pitillos de las enormes petacas. El teniente luce flamantes botones de oro en la rizada pechera; el alcalde viste impecable chaquetilla de terciopelo; un pavero flamante el secretario. Cambiadas las firmas entre el titular y el Concejo, salimos después, con cierto orden de jerarquía, a casa del alcalde, de corrobla.
Desfilan los notables. Y llega el tío Roque, el Santo del pueblo, escuálido, flacucho, alto como aijada de picar bueyes, grave como héroe de Calderón que anduviese en litigio con la buena fama, espiritual como aquel San Francisco del Greco, en que la amplitud de la túnica deja adivinar la flaqueza y flojedad de la carne, que apenas palpita debajo. Viste de charro el Santo; el sombrero, cónico, juega con timidez entre sus dedos huesosos y largos; como Luis Gonzaga, cierra los ojos avergonzado; los botones del cuadrado chaleco, que antes fueran centenes y medias onzas, son hoy rodajas de hoja de lata; de estameña basta es el paño de la vestimenta; las medias, de grueso algodón, deben de picarle la piel, amarilla y flaca. El buen Roque es la admiración del pueblo. De mozo rondó como todos, cantó en las verbenas, amó a la lumbre de los escaños, repicó con los nudillos de los dedos la puerta amiga, puso flores silvestres, con olor de tomillo y mejorana, en el ventanuco de la moza garrida. Pero Roque era de la madera de los místicos. En la alacena de la cocina tenía la vieja Biblia de los abuelos, el Quijote, el Año Cristiano, el Kempis, de los abuelos también. Picó en letrado y se dio a la lectura con fervor. Acaso el monje benedictino abrió los ventanales de su espíritu, encarándole con el cielo, con este cielo que él ve todos los días platicando con la llanura en toda su infinitud; acaso los desengaños del ardiente sultán asiático quebraron los propios sueños; tal vez aquel retorno de las mujeres que a la salida del pueblo del Toboso inspiraron sensatas consideraciones al socarrón de Sancho, le llevaron a sospechar que las Dulcineas no son más que parto de la fantasía de los andantes caballeros. Lo que fuera, Roque lo sabe y yo lo sospecho. ¿Amores desgraciados? Tal vez. Sólo la desventura es fecunda para el ánimo fuerte y manantial de prudencia ¿Anhelo de gloria? Acaso. Marchase el placer cuando se busca; torpe cosa es el deleite una vez satisfecho. Solamente la gloria llena el corazón donde no se incuba la ruindad. Ello es que Roque dejó la reja por la confesión, la novia por el padre de almas, el palique del serrano por el áspero examen de conciencia. “Si quieres seguirme –leyó en el Evangelio, Roque– deja tus riquezas y toma mi cruz.”
Y tomó la cruz del Señor, Roque. Heredó de sus padres seis mil duros. Repartiólos en limosnas calladas y secretas. De amo pasó a criado de labranza. En su rostro hay siempre una chispa de alegría, de equilibrio, de serenidad. Recientemente, por cuenta del concejo, que le daba peseta y media diaria, limpiaba una charca del lugarejo, con los pies en el agua todo el día. Y recuesta su cabeza no en blanda almohada, sino en dura piedra. Y deja los romances de los ciegos y los papeles de la ciudad, por los versillos del Evangelio y las aserciones de Kempis. Y como buen Santo, fiero enemigo del pecado, es blando y tolerante para los pecadores. Como San Francisco, desea el tío roque que nos inunde la tierra en un baño de piedad y de amor.
Invitan al tío Roque a la corrobla y le ofrecen vinillo alegre de la cosecha nueva: niégase el tío Roque. Le ofrezco un cigarrillo, y tampoco acepta. Quiero que hablemos de él, y rehúsa el tema. Su anhelo es pasar inadvertido, no ser blanco de las miradas de las gentes.
– Tío Roque –le pregunto–, ¿por qué dio usted su dinero a los pobres?
Sencillamente, como quien refiere un incidente vulgar, replica el tío Roque, a la puerta de la casa del alcalde, despidiéndome:
– ¡Porque Dios lo manda!
Y, esquivándose, añade:
– Y salude a su padre. Ya sabe dónde tiene un amigo y una casa, con fina voluntad.

martes, 30 de marzo de 2021

Plaza Mayor

(Fotografía cedida por Miguel Manuel Martín)

SUEÑOS
José Luis Miñambres

A veces surgen sueños en el cielo y... en nuestro corazón. O entre los pucheros... Teresa dixit. Como si el fervor tradicional viviera como el alma. Contemplados en la lejanía, sin embargo, transformamos la realidad diaria y el silencio de nuestros barbechos en el campo. ¡Qué pena las espigas! Pero ofrecen un perfil preciso, nítido, lejano... si miramos con el alma…
Y cuando su perfil se queda quieto, entre nuestras casas, tan históricas y nobles, surge una especie de espíritu celeste. Y ahí nace el símbolo, agarrado a la belleza de los cielos, tan próximos ahora en nuestro sueño.
Qué pena nuestra esencia, perdida en nuestras almas. O... en el desprotegido corazón. Sería difícil escoger. Pero... sic transit gloria mundi.

lunes, 22 de marzo de 2021

Alba de Tormes en Zoom tendencias

Zoom tendencias es un espacio televisivo dirigido por Mercedes Cámara, que se emite por Rtve2 los domingos a las 13 horas, dedicado a analizar el actual estilo de vida a través de reportajes en los que se proponen alternativas turísticas eligiendo un destino cada semana y dando a conocer sus aspectos más relevantes.
Su programa del pasado 14 de marzo estuvo dedicado a Salamanca con tres objetivos definidos: “palpar” su ambiente, presentar a algunos de sus cocineros “con más tirón” y dar a conocer uno de sus más atractivos destinos turísticos, Alba de Tormes, apartado este último que hemos seleccionado y ofrecemos a continuación.

miércoles, 10 de marzo de 2021

Quien sabe dónde

Quien sabe dónde fue un popular programa presentado por Paco Lobatón y emitido por Televisión Española entre 1992 y 1998 en el que se daban a conocer distintos casos de personas desaparecidas que eran buscadas por sus allegados con el objetivo de que algún televidente pudiese facilitar algún dato sobre ellas.

Esta es la idea que inspira nuestra publicación de hoy en esta página que ocasionalmente recibe solicitudes de información sobre personas nacidas o vinculadas con Alba de Tormes, tales como estas que trasladamos a nuestros seguidores: 

  • Manuel Barreda Almeida: Nacido en Alba de Tormes alrededor de 1860 y casado con Eusebia Sancho García, esta última natural de Pedanía de Huete. Podría ser hermano de Ignacio (que al parecer dirigía un seminario) y Donosa Barreda Almeida.  
  • Fabián Herrador Nieto: Hijo de Gregorio Herrador y Eduviges Nieto, nacido en Alba de Tormes entre 1870 y 1875.

Cualquier información relativa a ellos puede facilitarse a través del formulario de comentarios de esta entrada o mediante correo electrónico dirigido a info@entreeltormesybutarque.es

jueves, 4 de marzo de 2021

Manual del peregrino

El título completo de este libro, que hoy recordamos fue Manual del peregrino para visitar la patria, sepulcro y parajes donde fundó la Santa, o existen recuerdos suyos en España. Se publicó en 1882 –año en el que se conmemoraba el Tercer centenario de la muerte de Santa Teresa– por encargo de la junta organizadora de la peregrinación madrileña a Ávila y Alba de Tormes, y en él su autor, el académico de la historia Vicente de la Fuente, ofrece al peregrino un sinfín de datos relativos a fundaciones, tradiciones, parajes, libros, cartas, reliquias, retratos,… relacionados con ella, en un volumen de casi 500 páginas de las que nosotros hemos extractado, además de las comunes a todos los lugares descritos, su capítulo VI dedicado a Alba de Tormes.

martes, 23 de febrero de 2021

Los ángeles de los recados

Esta llamativa denominación aplican algunos a este servicio del ayuntamiento de Alba de Tormes que protagonizan sus concejales Lourdes Vaquero Mosquete y José García Gómez quienes, en estos días de pandemia, acercan alimentos y medicinas a aquellos albenses confinados que lo solicitan.  
Varios han sido los medios de comunicación que se han hecho eco de esta iniciativa solidaria, entre ellos el informativo televisivo Cuatro al día fin de semana quien lo dio a conocer el pasado domingo, en su edición de noche, mediante este reportaje que aquí reproducimos.

lunes, 15 de febrero de 2021

Tenerias

(Fotografía cedida por Miguel Manuel Martín)

Qué nombre tan bello, tan medieval, el elegido por el pueblo... “tenerías”. Y el espacio de la villa, con ese tono abigarrado de la variedad de sus tejados cambiantes en su color y protegidos casi por la falda próxima que viene y la verticalidad de la chimenea, tal vez de rojos ladrillos. El agua del Tormes (veloz desde los montes abulenses, ignorantes de su origen) cruzando lenta y sonora, el viejo puente. Tan cerca, en el río, ese par de chopos, contemplando desde su humildad el paso del agua hacia las tierras de Amatos y sus Arapiles, y la Mesa de Carpio y su castillo.
Son detalles geográficos cargado de hondo simbolismo, sobre todo si pensamos en que su destino se halla en Salamanca, en ese poniente donde nacen las torres. Tal vez como la vida.

lunes, 8 de febrero de 2021

Borrachos de Santa Águeda

No es esta la primera vez que el magazine de Rtve Aquí la Tierra se ocupa de alguna de las peculiaridades de Alba de Tormes. Así lo hizo, una vez más, en su programa emitido el pasado viernes (08-02-2021) en el que los borrachos de Santa Águeda, elaborados por la pastelería albense La Madrileña, fueron los protagonistas de esta secuencia que hemos seleccionado.

martes, 2 de febrero de 2021

Datos demográficos a 1-1-2020

Un año más, tras la reciente publicación por el INE de la actualización del padrón de población a fecha 1 de enero de 2020, recopilamos los datos correspondientes a Alba de Tormes y procedemos, con ellos, a poner al día las tablas que anualmente ofrecemos relativos a la demografía albense.
En ellas constatamos, por un lado, un nuevo descenso de población, que nos devuelve a la tendencia decreciente iniciada en 2012 e interrumpida en 2019 con un incremento de 20 habitantes, curiosamente, los mismos que perdemos en 2020; por otro, su progresivo envejecimiento, con una disminución del 12,47% de censados menores de 10 años y un crecimiento del 3,46% de mayores de 64 años; y, finalmente, el mantenimiento de la preponderancia de varones menores de 65 años que se invierte drásticamente a partir de esa edad debido, sin duda, a la mayor esperanza de vida del sexo femenino.



lunes, 25 de enero de 2021

450 aniversario de la fundación de carmelitas descalzas de Alba de Tormes

Conmemoramos hoy el 450 aniversario de la fundación teresiana en Alba atendiendo la sugerencia con la que Manuel Diego finalizaba su conferencia “Una tarea secular. La del monasterio de las Carmelitas Descalzas de Alba de Tormes (1571- 2021)” impartida –por razones sanitarias– a través del canal de YouTube del ayuntamiento albense (para ver hacer clic aquí) en la que formula la oportunidad de este aniversario para recordar una de las obras del escritor y periodista José Sánchez Rojas ambientada dentro de los muros de este monasterio. 

Se trata de “Sor Rosa de Santa Teresa”, una novela corta publicada por El Imparcial el 11 de mayo de 1924, cuyo contenido –ya difundido desde estas páginas en fechas 28-01-2009 y 06-04-2020– volvemos a rememorar considerando pertinente la propuesta de Manuel Diego, quien asegura que “este breve texto tiene el valor de ser una evocación perfecta de la vida conventual en el Carmelo albense, donde todo cuadra perfectamente con los muros y estancias de este monasterio; hasta el nombre de esa monja, la madre Prisca (Prisca García García, 1839-1908), que era natural de Alba y fue priora del mismo por dos veces (1887-1890, 1896-1899). Y es que Sánchez Rojas, abogado, discípulo de Unamuno, maestro de periodismo en España, había sido también monaguillo en esta iglesia y lugar, por lo que usos, tradiciones y costumbres, rincones del viejo convento, y todo lo relativo a santa Teresa, se lo conocía al dedillo al haber sido asimilado desde la curiosidad infantil. Ahora (1924), casi al final de su vida, lleno de nostalgia mira hacia atrás y vuelve la vista a la villa y al convento donde transcurrieron aquellos años de su niñez. Y además lo hace sin la habitual ironía, que se manifiesta particularmente hiriente cuando escribe acerca de su pueblo. Sánchez Rojas, además no era un desconocido para las monjas carmelitas de Alba (Pepito, lo solían llamar) y hasta sus padres debían tener una especial relación con el convento, pues en cierta ocasión recuerda que por la Nochebuena llegaba siempre procedente de las Madres un plato típico carmelitano, el de la “tortilla de vigilia” con que las monjas agasajaban y reconocían los servicios jurídicos de su padre”.

Finalmente, cuantos estén interesados en conocer con mayor profundidad la particular faceta teresiana de nuestro escritor, pueden consultar cuanto Manuel Diego desvela en el Libro de fiestas de octubre de Alba del año 2004 (pp. 83-91) y su artículo “La pasión teresiana de José Sánchez Rojas”, publicado en la revista “Monte Carmelo” de Burgos, vol. 115 (2007) pp. 53-83.


Sor Rosa de Santa Teresa
I. Viernes de Pasión
Rosita siguió, con la mayor atención y diligencia, todos los incidentes de aquel terrible sermón del Descendimiento, que tenían en un puño, como suele decirse, al auditorio de pueblerinos y charritos de las aldeas comarcanas que aquella tarde se habían congregado en la parroquia de San Pedro. El predicador era nada menos que el padre Sebastián, que el célebre padre Sebastián, provincial de la Orden de Carmelitas Descalzos, a quien había encargado la cofradía del Santo Sepulcro un sermón de los buenos, por el cual no había tenido inconveniente en pagar el hermano mayor media docena de onzas, seis peluconas amarillas y magnificas del señor Rey D. Carlos III, que acaso yacían enteradas más de un siglo en los arcones de la Hermandad. Pero a tal rumbo, tal pago, porque el sermón era de los de primísima calidad. Los elementos intelectuales de la Villa-Regia, don Pedro, el registrador; el juez de primera instancia; Perico el concejal, poeta laureado en los Juegos florales de la capital de la provincia por una oda en sáficos adónicos al lucero vespertino, y el novio de Rosita, sentados los cuatro en el banco de las autoridades, asentían, con rotundas cabezadas afirmativas, a los trazos vigorosos del predicador, que describía una vez más el drama del Calvario. La escena era gráfica y expresiva, porque cuatro sacerdotes, a la derecha del presbiterio, corroboraban con el gesto y la actitud las indicaciones del padre Sebastián. Ahora desclavaban la corona de espinas de la cabeza ensangrentada del Justo; luego desclavaban la mano derecha y el pie derecho del madero afrentoso de la cruz; después depositaban el cuerpo del Redentor en el sepulcro que había de figurar en la procesión del Santo Entierro.
Rosita lloró más de una vez, contagiada de ternura y de sincero fervor y –todo hay que decirlo– devorada por una pena secreta que se iba apoderando de su optimismo y de su jovialidad. Su novio no la quería; había descubierto que no la quería. Pero ella, a la vez, con las ausencias prolongadas de su Luis en los Madriles y con las periódicas intermitencias epistolares de aquel amor que había nacido muerto, no se encontraba atada a los afectos terrenales con lazos demasiado indestructibles. Se miró por dentro con una de esas miradas introspectivas que bucean, analizan y disecan los pliegues más íntimos del corazón, y lo encontró vacío de esperanzas y deseos a la manera humana. Su experiencia había sido muy dura y esquiva, y no había conocido más que el egoísmo y la torpeza en torno a ella. El padre, un alcohólico inveterado, había muerto siendo Rosita una nena, y su único hermano, Ramón, luego de correr aventuras con una bailarina en París, había purgado sus trastadas de mala nota en San Miguel de los Reyes. La madre, señora muy cristiana y devota, refugiada en su dolor y en el cariño de su Rosa, había cantado siempre en sus oídos el aria de la desconfianza y del recelo. Y Rosita, indecisa entre el noviazgo y el monjío, iba despegándose poco a poco de las efusiones, con ser, naturalmente, llana, cariñosa, alegre y locuaz.
Aquella tarde del Viernes Santo se decidía, acaso, su destino. Apenas si miraba, de higos a brevas, al novio que, con la levita de alcalde mayor y con el junquillo enlutado en gracia a la solemnidad simbólica del día, ocupaba, muy orondo y satisfecho, la cabecera del banco, sin adivinar que unos ojos puros dejaban de mirar en los suyos con abandono y con amor. Aquel Jesús, aquel Cordero inmaculado que inmolaban bestialmente unos sayones, que necesitaba de la ayuda de Simón para llegar al paraje del sacrificio, que a la vez perdonaba a los buenos y a los malos, era el único Esposo, el verdadero Esposo, que no miente, y que no olvida, que premia en eternidad de dichas con el don de su presencia y de su gracia. Rosita sentía las primeras dulces, suaves, inefables efusiones de su noviazgo con Jesús. ¡Oh, y como quería Rosita a su Redentor! El Domingo de Ramos, cumpliendo con el precepto pascual, a la hora de comunicarse con Él, oyó que unos niños cantaban, en el momento de ofrecer el sacerdote la carne y la sangre del Cordero, unas coplas de la madre Teresa:
Dulce Jesús mío,
dulce Jesús bueno,
véante mis ojos,
muérame yo luego,
y advirtió que sus ojos se empañaban y nublaban de lágrimas, que fueron primero velada y turbia cortina, y después cascada y torrentera impetuosa. El alma de Rosita en aquella hora se elevaba, como el incienso, a las alturas.
Pero Luis… Quedaba la ruptura con Luis, que Rosita no era de esas vírgenes locas que encienden candelas a la vez en dos hogares. No le quería, pero tampoco deseaba disgustarle. Le diría sencillamente su resolución de consagrarse a Dios. Luis sería para ella un amigo, un hermano, por el que pediría a Dios todas las mañanas en la soledad de la celda y del coro. Las pompas de la tierra eran sepulcros blanqueados y gusanos viles y cosas efímeras y pasajeras para el corazón de Rosita. E ingresaría cuanto antes, así que hubiera plaza vacante, en el mismo convento carmelitano donde murió Teresa de Jesús, su madre del espíritu. La dote no la preocupaba cosa mayor; vivía con su madre, si no en la opulencia, en el desahogo más colmado…
Cuando acabó el padre Sebastián su hermosa platica, Rosita, tornando a la realidad, advirtió que la procesión del Santo Entierro se ponía en marcha; grupos de nazarenos labradores rodeaban al Cristo de San Jerónimo; unas viejicas que tenían en la piel raras coloraciones sarmentosas, y que semejaban una mezcla singular de tierra, cera y pergamino, hacían guardia de honor a la Soledad; las dos parejas de la Guardia Civil que había en el pueblo daban escolta al Santo Sepulcro. Rosita, quedamente, atusando unos ricitos rubios que luchaban con la prisión de su rica mantilla de Almagro, limpiando con el pañolito de batista las últimas lagrimas que velaban sus ojazos azules e infantiles, fue a colocase entre las Hijas de María, que también rodeaban al Sepulcro… Ella era, como su Jesús, un muerto más a los ojos del mundo, porque nacía a la vida del espíritu, que es abnegación, y sacrificio, y renuncia de la propia estimación. Su Jesús quería amores callados y esponsales secretos. A Él, a su amado, se consagraba desde aquel momento. La virginidad de su cuerpo sería prenda de su pureza y de su humildad y de su fervor por toda la vida. En aquel momento, la banda municipal dio a los aires una marcha fúnebre de Chopin, y Rosita resolvió su crisis en nuevo raudal de lágrimas, que refrescó su espíritu angustiado y sediento de sacrificio.

II. Un coloquio con el padre Sebastián
– ¡Repórtate, hija mía! –agregó, quedito, el padre Sebastián, atisbando, a través de la rejilla del confesonario, la faz, y con la faz, el estado de espíritu de la linda penitente–. El negocio que te trae es harto grave y requiere mucha calma y sosiego. Por otra parte, la regla de mi Santa Madre es muy estrecha y es muy fácil, por ende, quebrantarla. También en el mundo se puede hacer una vida de perfección. En todas partes podemos consagrar y elevar nuestro espíritu. Ya lo dijo la Madre Teresa, hija mía, muy querida en Jesús: «Entre pucheros anda el Señor.»
– Pero es que yo, padre mío –insistió con dulce tenacidad Rosita– me encuentro completamente desligada del mundo. Ningún afecto me ata a él. Tenía novio, y ya no tengo novio. Sentía cierta pasión por las galas y afeites, y ya llevo para siempre… digo, hasta que Dios se digne oír mis plegarias y logre entrar en el convento de Alba, este hábito del Carmen. Me gustaban las lecturas profanas; me encantaban las novelas de Pereda y de Alarcón y los versos de Gabriel y Galán, y ahora no leo más que la vida de mi Santa Madre. Ya ve vuestra reverencia, padre mío, que mis pecados son de los que se borran en el silencio del claustro, como los borró Santa Teresa. Porque si se prescinde de lo del novio –concluyó graciosamente Rosita–, tengo para mí que mi vida, hasta hoy, no se diferencia gran cosa de la de la Madre fundadora, y que la Villa-Regia de hoy bien puede competir en aburrimiento y hastío con la misma Ávila de los Caballeros.
– ¿Y has pensado en los votos, en la seriedad y en la solemnidad de los votos, hija mía? ¿En los rigores de la pobreza? ¿En la obediencia ciega que no analiza ni discute la orden recibida? ¿En la perfecta castidad, en el castigo diario de esta basura que es el cuerpo con todos sus apetitos y groserías? ¿En la dura tarima donde has de reposar de noche? ¿En el condimento monótono, a base de leche y de pescados, con que has de sustentar tu cuerpo todos los días?
– Si, padre mío; en todo eso he pensado –arguyó valientemente Rosita–. Pero vuestra reverencia no cuenta para nada los delirios, los arrobos y los éxtasis de la vida espiritual. Aquel vivir en amoroso concierto con Jesús, ¿no vale nada? ¿Nada el reposo íntimo, la perfecta paz, el desprendimiento de las vanidades, la ausencia del orgullo? En una palabra, he pensado bien mi resolución, padre Sebastián, y más que al confesor, vengo a ver en estos momentos al sabio consejero y a la alta autoridad de la orden. Puesto que hay ocasión de profesar en Alba, quiero solicitar humildemente el ingreso en aquel santo monasterio.
– ¿Y cuentas con el asentimiento de tu madre?
– Cuento con él.
– Casi has logrado vencerme, y hoy mismo escribiré a sor Prisca, la madre priora, intercediendo en tu solicitud. Pero piénsalo bien y vuelve a verme siempre que lo creas oportuno –añadió el padre Sebastián–. En este confesonario me tienes a tu disposición todas las mañanas, desde las siete. Y ahora, en nombre de Dios Padre, y de Dios Hijo, y de Dios Espíritu Santo –acabó, trazando en los aires la señal de la cruz–, yo te absuelvo como indigno ministro que soy del Altísimo en la tierra, y en penitencia de tus pecados y faltas, reza, durante el santo sacrificio de la misa que ahora vas a oír, tres salves a la Augusta Madre de Dios, para que ella suplique a su Hijo que te ilumine en la grave resolución que acabas de tomar.
Rosita se levantó, acercándose a la portezuela del confesonario y besando con humildad el hábito café que el padre extendía ante ella. Del coro surgió el grave zumbido del órgano, que preludiaba una queja. Y la queja se tornó suspiro, y luego, imprecación, y después, murmullo de aire abrileño, y más tarde, tormenta huracanada y borrascosa de las postrimerías de junio. Rosita siguió sus ensueños e imaginerías al compás del órgano, sabiamente manejado por la agilidad traviesa del padre Manuel, el organista. La música tiene, entre otras muchas, la virtud de hacer revivir en nuestro espíritu los recuerdos más borrosos y pretéritos. Y el padre Manuel era un mago que resucitaba en la devota y gentil rubita, prometida del Señor, escenas remotas y lejanas de su infancia. Y así, recordaba al padre beodo, dando trompicones, que rompía sus muñecas y decía palabras soeces a la mamá, que no se hartaba de suspirar y de llorar, y que luego, a hurtadillas del esposo calavera, besaba a su Rosita frenéticamente y la estrechaba contra su corazón. ¿Serían así todos los papás? Ahora, tenía ante sus ojos la figura achulada e insolente del hermano Ramón, silbando siempre aires zarzueleros y libertinos, llevándose los ahorros de la hucha al tapete verde y las joyas de la madre al Monte de Piedad. ¿Serían así todos los hermanos? Y luego se le aparecía la propia estampa de su rolla Lorenza, que la cantaba el romance de la infanta doña Delgadina, la hija pequeña del rey moro, y que la hablaba de un novio, de un mal hombre, que supo abandonarla luego de burlarse de su cariño. ¿Y serían así, como el novio de la rolla, todos los hombres?
Y Rosita se aislaba, se abstraía de todos sus recuerdos, para pensar en Jesús. Jesús era el amor de su vida, y la estrella de su noche, y el lucero de su aurora, y el agua de su fuente, y el lecho de su descanso. Jesús no era como papá, ni como el hermano Ramón, ni como el novio de la rolla. ¡Dulce Jesús bueno! El sacerdote comenzó la misa; Rosita cumplió su penitencia, comulgó, se postró de hinojos ante el Cristo de San Jerónimo y salió a la calle.
Ya en ella, Luis, el pobre, la persiguió sin resultado. Un saludo ceremonioso y frío, unas palabras cambiadas al azar, una súplica, que fue con dulce tenacidad rechazada, y nada más. El señor alcalde, con el pleito perdido en última instancia, dobló una esquina, y Rosita, ligera como un pajarito, tocada de su mantilla y con su libro de devoción y su bolsito en la diestra, ganó con presteza la puerta de su casa. Momentos después, tomaba chocolate con su mamá, que ya se iba resignando a lo del monjío. Luego, sentada a la camilla, Rosita siguió tejiendo, con el cañamazo de su fantasía, frescas flores que ofrecer a Jesús para el dulce momento de las nupcias.

III. El convento de la Anunciación
Y llegó el momento tan anhelado por Rosita de ingresar, a guisa de novicia carmelitana, en el convento de la Anunciación de Alba de Tormes, una de las primeras fundaciones de la Reforma de la Santa Madre Teresa de Jesús. Hizo el viaje con su mamá, desde Villa-Regia, en los primeros días de junio. A la villa de los Álvarez de Toledo llegó en las primeras horas de la madrugada. El pueblecito, asentado en un lecho de pizarra era muy bello, y si las casas eran bajas y achaparraditas, las torres eran altas y de graciosa proporción. Ringleras de pinos, de álamos y de negrillos bordeaban las orillas del Tormes, que en aquellas horas mañaneras cantaba dulcemente su canción de quietud, lamiendo los paredones y muros del castillo y de las iglesias. Una ermita, la de la Guía, cuyas espalderas estaban resguardadas por una colina, iniciaban el acceso al rugoso puente romano. Rosita divisó desde la diligencia el convento teresiano sobre la mole blanca de los cimientos de la nueva basílica. Las ventanitas de las celdas miraban al río, y desde ellas la vista se espaciaba hasta más allá de las cumbres de la serranía de Gredos, siempre cubiertas de nieve.
Rosita penetró con su madre en el templo, y no tenía ojos para ver todo lo que se ofrecía a su curiosidad. «Pozo de la aparición de San Andrés», rezaba una leyenda en el sotacoro, y recordó los incidentes de la fundación del buen Francisco de Velázquez y de su esposa, doña Teresa de Layz. «Celda de la muerte de la Santa», leyó al pie, y advirtió que unos aldeanos, ganando unos escalones, miraban, admirados, por una mirilla o ventanuco que allí se abría. No pudo resistir la tentación y guardó vez. Una imagen de la santa descansaba en el lecho auténtico desde donde se verificó su glorioso tránsito a la mansión de la verdadera felicidad. La faz de Teresa era alegre y tranquila; un secreto y callado gozo la dominaba. Las monjitas que la vieron morir afirmaban que el espacio se inundó de armonías y que miles de serafines, y de ángeles, y de arcángeles, y de tronos y de potestades, bajaron hasta la celda para transportar su alma a la presencia del Todopoderoso. Y otra monjita vio un lucero muy alto y muy resplandeciente, que era el alma de Teresa remontándose a lo alto. Y testimonios veraces y fidedignos afirmaban, en fin, que un almendro estéril y roñoso que había en el atrio del convento se pobló y cuajó de blancas flores aquella helada noche de octubre en la llanura castellana. Pues Rosita sintió la fragancia del almendro y oyó las armonías celestiales y hasta sintió el resplandor del lucero en su corazón, contemplando la celda que ella había de ver en adelante todos los días. Adoró luego las reliquias: el corazón traspasado por el dardo de fuego del serafín, el tronco de encina con la cruz dibujada en sus fibras que evitó a un duque de Alba la muerte segura un día de tormenta, encomendándose de corazón a Teresa, el relicario primoroso de las diócesis de Bélgica, el brazo derecho –descarnado y terroso–, una carta de la Madre a un prelado de su devoción y amistad. Curioseo luego los cálices de esmaltes peregrinos, regalos de reyes y pontífices, las capas pluviales, las casullas, los albos roquetes, las sobrepellices, los zapatos pontificales… Y por el torno convinieron madre e hija la visita al locutorio carmelitano para unas horas después.
A las tres de la tarde, Rosita apareció con su madre en la puerta del monasterio. Un sacristancillo, insinuante y untuoso dejó a ambas a la puerta del locutorio. Este era una reducida pieza, encalada y cuadrada; una reja de clavos puntiagudos hacia fuera se destacaba al fondo; un torno, a la derecha de la reja y una tabla de un Cristo borroso completaban el monjesco y sencillo ajuar. Sombras de voz gangosa se movían en la penumbra:
– ¡Ave María Purísima! – dijeron las sombras.
– ¡Ave María! – replicaron las visitantes.
– ¿Usted es la novicia, a lo que veo? – exclamó una voz, que, por las trazas, debía ser la mandona de la comunidad, dirigiéndose a Rosita.
– ¡Servidora! – exclamó Rosita, iniciando el plácido palique conventual.
– El padre Sebastián ya nos ha informado –reanudó la voz, grave y segura de sí misma–, y como ya están cumplidos todos los tramites de la dote, las puertas de la casa están abiertas de par en par para nuestra nueva y querida hermana en el Señor. Esta tarde, a las cinco, ya puede ingresar vuestra merced.
– ¿Tan pronto? – intervino angustiosamente la madre.
– ¿Y por qué no, Señora? –arguyó dulcemente la monja carmelita–. Estos tragos de la separación conviene pasarlos cuanto antes.
– Yo estoy a la disposición de vuestras reverencias – dijo Rosita, ganosa de cortar el dialogo y las inquietudes maternales.
A la hora señalada, ingresó la novicia en el convento de la Descalcez Carmelitana de Alba de Tormes. En el patio de ingreso florecía el almendral; las monjas se cubrieron la faz con la toca para recibir a la nueva hermana, y la tornera agitando una campanilla, para que las profesas se acogiesen a su retiro, indicó la celda a la muchacha. Era la misma de la Santa, y miraba a la vega. En aquella hora del atardecer, sonaba el Ángelus la campana de San Pedro. La vega se estremeció al religioso tañido. Lloviznaba, y un silbido penetrante, el del tren, rompió, allá por los altozanos de la huerta del Duque, la placidez de la hora.
Ángelus Domini nunciavit Maríae. Et concepit de Spiritu Sancto. En las celdas vecinas hubo un susurro de plegaria, un fervor de oraciones inusitadas y lentas. Luego, el tañido de una campanita. Después, nada. Rosita se recogió en su tarima y durmió plácida y tranquilamente durante su primera noche de noviciado.

IV. Los amores con Jesús
– ¡Vistamos al Niño Jesús, hermana Rosa! – gritó alegremente la madre Prisca, una dulce mañana de mayo, preparando las ropas para una misa pontifical.
– ¡Vamos allá, madre!
El Niño Jesús está en el centro de una pieza que comunica con la sacristía, por un torno. Una linda camisita de seda cubre sus carnes de madera pintada. El Niño es alto, rubio y gordezuelo; los ojos son azules y sonrientes; breves las manos y pequeños y mantecosos los pies. Aquel Niño lo trajo de Italia el gran Duque y doña María de Colón y Henríquez, la nieta del gran navegante, lo regaló a sus pobres y buenas amigas las Carmelitas. Penetra el buen sol por un ventanuco rasgado de la estancia; desde ella se oyen, a lo lejos, tamizados por dos gruesos muros, ecos de canciones, que llenan las bóvedas del templo. Acaban de llegar a él peregrinaciones de Valencia y de Sevilla. Y se oyen vítores y estallan cohetes, y las campanas de todas las iglesias voltean medio locas, y calle de San Pedro arriba, se oye el eco de un himno de circunstancias:
Valencia, tierra de flores,
patria querida de mis amores.
La madre Prisca se ha apoderado de unos zorros, y con ellos golpea sabiamente las ropitas albas que han de cubrir al Niño. Sor Rosa lo contempla con deleite. Ora besa sus piececitos con unción; ora coloca, entre la camisita, un lindo escapulario del Carmen; ora monologa con él, ganada por la efusión del grato ambiente mañanero lleno de sol y lleno de alegría:
– ¡Niño rico, Niño mío, Jesús precioso, yo te quiero mucho, mucho; pide tú a tu padre por mí, por sor Rosa, que piensa en ti a todas horas! ¡Nene guapo, más rubio que el trigo en las trojes y más blanco que las nieves sobre las cumbres de aquella sierra! ¡Niño mío, y qué guapo voy a ponerte hoy, con tu vestido blanco, recamado de oro; con tus zapatitos azules y con tu corona de esmeraldas y de rubíes! ¡No; hoy no es un día como todos, Nene; hoy es un día grande, muy grande, y van a ponerte en el presbiterio, en frente de su eminencia, el señor cardenal de Sevilla! ¡Qué guapo estás! Pues ¿no sonríes de alegría? ¿Estás contento, Niño? También yo lo estoy de verte y de contemplarte a mis anchas…
La madre Prisca sonríe también, contagiada por la alegría y el candor de la hermana novicia. Rosita es la alegría de la casa y la niña mimada de la comunidad. Se diría que es una Santa Teresa rediviva. Madruguera como un jilguero, devota y recogida en el coro, parca en la mesa y muy diligente y afanosa en sus trajines, a la hora del recreo no hay quien la gane en gracia y en buen humor. Gracias a Rosita, no se interrumpe la buena tradición de la Reforma del Carmen. La monja teresiana no es huraña, sino alegre; no es hermética, sino expansiva; no es una mística de palo, sino una mujer de carne y hueso.
– ¡Alegre está esta mañana vuestra merced, hermana Rosita! – exclama la madre Prisca, con un dulce acento maternal.
– ¿Y por qué no voy a estarlo, madre Prisca, delante de este Niño, tan bonito y tan retrechero?
– ¿Le gustan mucho los niños?
– ¡Mucho, madre, mucho! En las visitas del locutorio me apetecería besarlos, si no fuera por esa reja con pinchos. A veces pienso que, por el torno, debieran cedérmelos por unos minutos sus madres para comérmelos a besos. ¡Eso, sí; no hay ninguno tan bonito como este Niño nuestro!
Y mientras charlan animadamente novicia y priora, van vistiendo al Niño Jesús. Ya tiene sus zapatitos puestos; en su diestra han colocado un cayado de paz, porque este infante es el mejor de los pastorcitos, que llora de pena cuando se le desmanda un cordero remolón, y no descansa hasta que no le retorna al aprisco. La corona, ya refulge sobre las guedejas rubias, y el vestidito de rosa blanco cubre sus carnecitas sonrosadas.
Las dos monjitas preparan las estolas, las albas, las casullas, las capas, los roquetes, las sobrepellices, los zapatos albos de pontificar, la mitra, el báculo de oro. Las vinajeras de plata rebosan de blanco vino aromático. Desfundan el cáliz de esmalte que regaló León XIII. De una caja de caoba sacan una magnifica miniatura de plata para el beso de la paz. Y llevan también al torno el juego nuevo de las campanillas para el momento de la consagración, y el relicario de Bélgica, y la carta autógrafa, y el álbum, y un rico misal gótico.

V. La muerte de sor Rosita
– Y ahora –suplicó la madre priora a la comunidad, al concluir los rezos vespertinos– cantemos, hermanas, un Miserere para que Dios se sirva salvar la vida de sor Rosa o disponer lo que mejor convenga para su eterna salvación.
Y las monjitas, hondamente emocionadas, entonaron las doloridas estrofas del rey David, en el coro en penumbras, para que Dios devolviese la salud a sor Rosa, que había de profesar, si mejoraba, un mes después. La epidemia gripal, que había respetado los umbrales del monasterio, aparecía en él, escogiendo una víctima propiciatoria: sor Rosita. El caso era grave y desesperado hasta más no poder, y el doctor meneaba negativamente la cabeza, confiando sólo en un milagro de la Providencia. La enferma tenía ahora una fiebre espantosa de cuarenta y un grados; deliraba, y no había esperanza alguna por su vida.
Desde el coro se dirigió la comunidad a su celda. El médico y la hermana enfermera cuidaban de la doliente. En su delirio bendecía sor Rosita al niño Jesús. Los ojos iban apagándose y perdiendo su azulez intensa; los cabellos rubios, cortados y prisioneros de la toca, estaban empapados en un lago de sudor, las manos, breves, perdían por minutos su coloración y se confundían con la cera. Un padre carmelita entró, solicito, para leer la recomendación del alma. Las monjitas se postraron de hinojos en torno al lecho, acompañando en sus preces al recomendante.
Ya hemos dicho que la celda de sor Rosita era la misma que ocupó la madre Teresa en su primera etapa de monja en aquel convento de la Anunciación. Toda la noche la pasó delirando la enferma. Con el alba cedió un poco la fiebre; pero momentos después entró en el periodo agónico. Y sor Rosita seguía delirando.
– ¡Tú, mi buen Jesús, llévame al cielo! ¡Y dame paz, sobre todo paz! No lleves a él ni a papá ni al hermano Ramón, que son malos; pero a mi mamita, sí. Y tú, Niño bueno, has de estar con nosotras para que yo te bese los piececitos, para que yo te acaricie, para que yo te dé los ricos picatostes que toma con el chocolate su eminencia el cardenal. Cuando yo profese, niño Jesús, me seguiré consagrando tan por entero a ti que no tendrás nunca una queja mía. Tú, que eres el Jesús de Teresa, ¿no quieres serlo también de Rosita?
Dulce Jesús bueno,
dulce Jesús mío,
véante mis ojos
muérame yo luego.
Muérome para verte. Porque te veo me muero… Esa luz, ¿dónde está esa luz, sor Prisca?
Pero sus incoherencias cedieron el paso al sopor. Luego extendió la cabeza, quedando muerta. Pero sonreía como si viviera, y de su faz no se había borrado el sello del reposo. Era un ángel más que dormía.
Las monjitas la amortajaron piadosamente. En la fosa común la enterraron aquella tarde por prescripción facultativa. Su recuerdo no se ha borrado todavía entre las monjas; pertenece, con Ana de San Bartolomé, con María del Sacramento, a la pléyade de esas religiosas sencillas y admirables que fueron felices porque mataron el deseo de lo temporal por el amor de lo eterno.

martes, 19 de enero de 2021

2020: Un mal año para el empleo

 Un total de 56 albenses más que los registrados a lo largo del año anterior pasaron a engrosar las filas del paro durante este 2020 recién finalizado, rompiendo así la trayectoria positiva que veníamos experimentando, con reducciones consecutivas de mayor o menor cuantía, en los 6 años inmediatamente anteriores a este en el que la crisis sanitaria derivada de la pandemia que nos azota ha desencadenado también una crisis económica de repercusiones aún desconocidas.

Por sectores, es el de servicios –299 sobre un total de 396– el que acumula más parados en nuestra localidad, mientras que por sexos son 90 más las mujeres desempleadas –243 vs 153– tal y como puede apreciarse en las tablas y gráficos que facilitamos a continuación.


miércoles, 13 de enero de 2021

De aquellos polvos, estos lodos

La Gaceta Regional de Salamanca en su edición del pasado 11 de enero publicaba un artículo relativo al nuevo proyecto de conexión por carretera entre Alba de Tormes y Salamanca incorporando a la actual CL-510 un tercer carril que permita el adelantamiento alternativo para cada uno de los sentidos de la circulación, y olvidando, por tanto, el anterior proyecto de construcción de una autovía que enlazase ambas localidades.

El mismo artículo incluye unas declaraciones de la alcaldesa de Alba de Tormes en las que “manifiesta su confianza en que este proyecto si saldrá adelante”. 
¿Habrá que recordar a la Sra. Miguélez que fue precisamente su voto en las Cortes de Castilla y León el que impidió que prosperase una Proposición no de Ley que instaba a la Junta a dotar en los Presupuestos para 2016 una partida suficiente para impulsar e iniciar las obras de ejecución de la autovía CL-510 de Alba de Tormes a Salamanca?