lunes, 21 de enero de 2019

Sánchez Rojas: Recordatorio Primera Comunión

A título de curiosidad incorporamos hoy a esta página un singular documento que nos ha facilitado Juan Antonio Sánchez (Toño Torano) y que ha localizado rebuscando en su archivo familiar: El recordatorio de la Primera Comunión –celebrada el 23 de mayo de 1895–de José Sánchez Rojas, un albense que para  nosotros constituye el máximo exponente de los escritores nacidos en esta tierra y que, con el paso del tiempo, se ha convertido en uno de los principales protagonistas de este blog, en el que ya cuenta con más de 80 reseñas dedicadas a su persona y a su obra y con la reproducción de múltiples artículos originales suyos. 


lunes, 14 de enero de 2019

El Fuero de Alba (Julián Sánchez Ruano)

No es esta la primera referencia que hacemos al Fuero de Alba. Ya hablamos de él en julio de 2011 (ver) cuando incorporamos la transcripción -desde castellano antiguo- realizada por Andrés García Manzano, y más tarde, en julio de 2017 (ver), al incluir la edición digital del estudio realizado por Américo Castro y Federico de Onís sobre los Fueros Leoneses (Salamanca, Alba de Tormes y Ledesma). Hoy volvemos a ocuparnos del primero y más importante de los documentos históricos que se custodian en el archivo municipal albense al incorporar a nuestra Biblioteca digital el capítulo dedicado a él por Julián Sánchez Ruano en su libro Fuero de Salamanca.


lunes, 7 de enero de 2019

Programa de fiestas 1964

En el año 1964 el régimen franquista pondría en marcha una de sus mayores campañas propagandísticas con la que, bajo el eslogan XXV Años de Paz, intentaba presentar a Franco no como el vencedor de la guerra civil que desencadenó la sublevación militar por él encabezada, sino como el garante de la paz entre españoles.
La campaña, respaldada por todos los medios del aparato del estado, tuvo una amplia repercusión y alcanzaría, incluso, al pregón Pregón Festero de la Villa de la Paz de nuestras celebraciones patronales que se publicaba en el programa de fiestas de octubre de aquel año que ahora recuperamos.

lunes, 31 de diciembre de 2018

87 aniversario de la muerte de Sánchez Rojas.

Adiós a Sánchez Rojas
No corre prisa escribir sobre Sánchez-Rojas. Su vida, ese montón de anécdotas que formaron su existencia de insaciable y caprichoso vagamundo, no tenía importancia ni siquiera para él, que desde que salió de las aulas universitarias, en su vuelo de altura hacia las claridades y finuras de la gentil Italia, se la fue echando, como si fuese carne ajena, a todas las tentaciones que le salieron al camino. Por eso no es este uno de esos casos de necrología de urgencia, en los que hay que salir a escape a posarse en los restos fríos de unos cuantos recuerdos –bondades, virtudes, éxitos brillantes y efímeros– antes de que todo eso se aleje y se borre de la memoria de los vivos que ya se vuelven hablando de otras cosas cuando todavía no ha caído la tierra sobre el difunto. No hay prisa, no. El Sánchez Rojas que nos importa, está naciendo; sale a la vida, a la verdadera vida, como un chiquillo que era, en el fondo, aprendiendo a andar los primeros pasos de su fama de la mano del año nuevo.
Su vida, ¿qué era eso? Niño y loco, con ese desequilibrio nervioso o mental –allá los médicos– que es el triste y glorioso sello de los hombres geniales, se ha muerto de hombre maduro, sin saber por dónde se iba a ninguna parte, tropezando, cayendo, levantándose, con sus ojos glaucos, desorbitados, por donde se le metían tan adentro, tan adentro, hasta lo más blando del alma, las sensaciones de los paisajes castellanos. Le he llamado genial, y ya te sonríes, lector, porque te parece excesivo. Pero ya veréis como no; ya veréis cuando venga el mozo salmantino que está para salir de la Universidad famosa, y recoja con cariño esos millares de artículos de Sánchez-Rojas y los seleccione y estudie, con fervor y sabiduría de crítico apasionado, frotando bien aquellas pedrerías; ya veréis como entonces nos decimos todos, con vanidad provincial, como sorprendidos del descubrimiento: “¡Qué maravilla de prosa la que escribía aquella pluma!”
Todavía es temprano para decirlo. Se podría decir si tuviéramos la idea de que dentro de cuatro días, o de cuatro meses, o de cuatro años, ya nadie se acordaba de aquellas prosas, tan parecidas, en el eco sentimental que despiertan por su armonía interior, por su delicadeza y ternura, a los más deliciosos versos. Pero todo se andará, y, o mucho me engaño, o en esa fuente clara refrescarán su corazón nuestros nietos. Aquel recorrido de peregrino curioso, cargado de tradición, saturado de historia, con la cabeza llena de fantasías y de lecturas clásicas, por los Santos lugares de Castilla –Madrigal, Tordesillas, Villalar, Torrelobatón– cuyas impresiones iba escribiendo en las posadas, como Saavedra Fajardo sus “Empresas”, entre mozas, arrieros, hidalguillos y bachilleres, nadie las ha paladeado aún porque vivieron lo que la verdura de las eras, en algún lejano periódico… Y esas crónicas, como las dos últimas de “Nuevo Mundo”, las que, no sé por qué, recorté para mi carpeta de trozos selectos; y aquel libro ¬ –¿dónde andarán sus cuartillas?– inspirado en confesiones y reflejos de su propia vida, que nos leyó una mañana, de una sentada, sin darse cuenta de que las personas sensatas y afanosas tienen sus horas de sentarse a comer; y algunos capítulos de “Las mujeres de Cervantes”, y el ingenuo y gracioso “Manual de la perfecta novia”, ya veréis, repito, como florecen de nuevo, y ya para siempre, en el mejor macizo de nuestra literatura salmantina.
Dejémosle ahora, arropado en la tierra bendita de aquella Villa Teresiana, que él amó sobre todas las cosas y cantó como nadie lo hiciera desde aquellas estrofas de Garcilaso. Dejémosle en descanso, el primero y último en su desatinada vida de caminante, sintiendo la proximidad del Castillo, del breve pinar ribereño, del claro Tormes, que “murmura lento la canción de la quietud”. Pensando en cómo vivió y como murió nos retoña en la memoria –mientras nos alejamos de su cadáver– el noble verso de Antonio Machado:

Y cuando llegue el día del último viaje
y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,
me encontraréis a bordo, ligero de equipaje,
casi desnudo, como los hijos de la mar…

F. Iscar-Peyra

miércoles, 26 de diciembre de 2018

El paseo de la Plaza



ANDARES Y PASOS ALBENSES
José Luis Miñambres

       Las viejas tradiciones albenses anuncian en la Plaza Mayor el aura de lo desordenado y de lo oscuro; del misterio. La fachada del edificio público se asemeja a un reloj de iglesia. Todo ello dota al espacio de una condición de prosopopeya momentánea, como algo que tuviera que andar: por el movimiento de brazos y piernas, por el firme de la Plaza…que habla entre susurros.

     ¿A dónde va esta gente? ¿Qué busca en su ansioso y descarriado caminar? ¿Van hacia el Ayuntamiento, convertido en símbolo viejo de tiempos pasados? El Ayuntamiento ahora es casi una fachada erigida al servicio del extraño campanario, que con su bronce milenario, puede llamar a los albenses en momentos delicados, a la oración o a la guerra. Y, a la izquierda, en mínima separación, un pobre edificio quiere anticiparnos con su humildad y sus ventanas diferentes, la  próxima e inmediata belleza de la iglesia de San Juan. Pobre Alba, conocida antaño por lo alto de sus torres. A su derecha, seguramente se yerguen las casas modernistas, próximas a la zapatería de Juanito el Albarquero. 

       Frente a nosotros vemos, en familiar aglomeración, un grupo de albenses que, con su cuerpo, forman un grupo humano, pintoresco. Pero con esos cuerpos, el grupo resulta abigarrado, aunque solo en blanco y negro por  culpa de la fotografía; por lo recio de su tonalidad. ¿Qué esconderá en este momento su corazón a los humanos? Algo ha pasado, pero no hay un eco significativo de tristeza o de alegría. Así eran los tiempos de antaño, desbocados, oscuros, incomprensibles a nuestra mirada. Aunque la campana observe nuestros caminar y nuestro recorrido, los  pasos insomnes como la vida, son alborotados y extraños…Una mancha turbia, de color. Y que el cielo lo vea.

domingo, 23 de diciembre de 2018

La Navidad en Unamuno y Sánchez Rojas

Miguel Ángel Diego Núñez
Autor del libro “Regionalismo y regionalistas leoneses del siglo XX (una antología).”


Nos acercamos a la Navidad y, los salmantinos con raíces y memoria, también al recuerdo de dos figuras señeras vinculadas a Salamanca que nos abandonaron un 31 de diciembre: Miguel de Unamuno y José Sánchez Rojas. Ambos se sintieron interrogados y tocados por la Navidad, cada uno a su modo plasmó en su obra el acontecimiento y le dedicó sus versos.

Miguel de Unamuno, representado paseando pensativo junto a las Úrsulas desde hace 50 años, en el monumento escultórico de Pablo Serrano erigido por suscripción popular, apunta:
“en navidades se celebra la fiesta de la niñez, el culto al Dios Niño. El nacimiento del Hombre-Dios se pone en un paisaje nevado y alto aunque en Belén no fuere muy conocida la nieve.”

Describe la escena del portal:

“Estaba la Virgen María
meciendo el pesebre en Belén;
brizándole a Dios que dormía;
estribillo del brizo era amén.”

Reflexiona, da unos pasos y continúa:

“¡Dios ha nacido!
¡No, Dios no nace!
¡Dios se ha hecho niño!
¡Quien se hace niño padece y muere!
¡Gracias, Dios mío!
Tu con tu muerte
nos das la vida que nunca acaba”

Se detiene, explica filosófico y paradójico que “cuando me pongo a soñar en una experiencia mística a contratiempo, o mejor a arredrotiempo, le llamo al morir desnacer y la muerte es otro parto”, y recita:

   “así Cristo nació sobre la cruz;
 y al nacer se soñaba a arredrotiempo
 cuando sobre un pesebre
 murió en Belén
 allende todo mal y todo bien.”


La figura de Sánchez Rojas resulta modesta al lado de la de su maestro, don Miguel. Sin embargo, ante la Navidad, sus frases nos contagian una emoción profunda y sincera llena de religiosidad, tanto en verso como en prosa:

 “¡Dulce Jesus bueno, cuyo nacimiento
celebro esta noche, transido de pena,
que esta Nochebuena no vive mi padre!
¡Derrite la nieve con tu blando aliento;
que María, tu Madre, sea esta noche Madre
de los que no tienen ni portal ni cena!”

 “¡Danos esa Nochebuena, Señor! ¡Enséñanos a superar la vida, a enraizar en ella, a vivirla y a gozarla en los demás! ¡Venga esa Nochebuena, Señor, para adorarte y alabarte!
¡Que la leña añosa de nuestra paz se trueque en fuego y en brasa; que en el banquete familiar estallen las risas de los niños; que sea para ellos, para mi amigo, para mi enemigo, para todos, Señor, la vida, una Nochebuena hermosa, con su portal de Belén, con los magos que llegan al portal alumbrados por la luz de una estrellita que les precede en su camino!”

José Sánchez Rojas nos recuerda que las campanas acompañan a los hombres en los acontecimientos y celebraciones importantes, en una continuidad que se prolonga a lo largo de los siglos:
“Como las olas del mar llevan al puerto más humilde emanaciones de otras playas, las campanas traen a nuestros días voces olvidadas de otras generaciones que parecían perdidas. Son el tiempo, la eternidad humana, las campanas; el vigilante que no se duerme, la voz querida que nos habla desde lejos, la estrofa rota que hilvana en nuestra esperanza una canción, que nos recuerda algo misterioso, vago, impreciso: el contorno dorado de un día de niñez, las líneas de una remota esperanza que nos hace temblar de dicha en el silencio.”

Las campanadas de fin de año dan la bienvenida al próximo y simultáneamente nos recuerdan el adiós esperanzado de Unamuno y de Sánchez Rojas. Los dos desean el amparo eterno de la ciudad de Salamanca y los versos de éste bien pueden ponerse en los labios de ambos:

“¡Salamanca de lumbre, yo te adoro!
Recoja tu beldad mi último aliento;
arrópenme tus piedras”