martes, 17 de febrero de 2026

El Cristo del Castillo

 “SANTO CRISTO DEL CASTILLO”
CRISTO DE LA CASA DUCAL DE ALBA DE TORMES
S. XV

Miguel Ángel González (/OCD)

TRAS DIVERSAS PERIPECIAS HISTÓRICAS Y UBICACIONES DIFERENTES, ESTA IMAGEN DE JESUCRISTO CRUCIFICADO HA SIDO RESTAURADA POR EL ARTISTA MIGUEL GARCÍA Y RECUPERADA PARA EL CULTO.
SE PRESENTARÁ EN ALBA DE TORMES EN LA IGLESIA DE SAN JUAN DE LA CRUZ EL PRÓXIMO VIERNES DÍA 20 DE FEBRERO A LAS 19,30 HORAS Y PRESIDIRÁ LOS VÍA CRUCIS CUARESMALES. EL VIERNES SANTO PRESIDIRÁ EL VÍA CRUCIS DEDICADO A SAN JUAN DE LA CRUZ Y SERÁ VENERADO EN LOS OFICIOS DE LA PASIÓN DEL SEÑOR EN LA BASÍLICA DE LA ANUNCIACIÓN.

Renace el legado gótico: 
Los Carmelitas Descalzos recuperan un Cristo de más de 500 años en Alba de Tormes.
Cruz: 210 x 120
Cristo: 111 x 70
La Orden del Carmelo Descalzo financia la compleja restauración de una talla tardogótica vinculada a la Casa de Alba, salvando una obra única que presentaba graves riesgos de desprendimiento y severos daños estructurales.
En un esfuerzo por preservar el patrimonio histórico y religioso de la región, la Orden de los Carmelitas Descalzos ha devuelto el esplendor a una pieza excepcional de la imaginería sacra. Se trata de un Cristo crucificado de estilo tardogótico, con una antigüedad superior a los 500 años, cuya restauración ha revelado no solo su belleza original, sino también los secretos ópticos utilizados por los maestros de la época que lo tallaron. La intervención ha estado en manos de Miguel García, reconocido restaurador y Doctor por la Universidad de Salamanca (USAL), quien ha logrado salvar la obra de un colapso estructural irreversible.
La obra, que originalmente se encontraba en la capilla del castillo ducal de Alba de Alba de Tormes y, posteriormente en una ermita vinculada al mecenazgo de la Casa de Alba hasta su cambio de propietarios, es un testimonio invaluable de la transición artística hacia el Renacimiento, aunque manteniendo la esencia dramática del gótico final.


Un desafío a la perspectiva
Lo primero que llama la atención de esta talla es su singular morfología. A simple vista, la imagen presenta una fisionomía que podría interpretarse como deformada: un rostro inusualmente alargado, un pecho estirado y una desproporción en los pies. Sin embargo, los estudios realizados durante la intervención confirman que no se trata de impericia del escultor, sino de una genialidad técnica.
La teoría que cobra más fuerza tras el análisis es que el Cristo fue concebido para ser ubicado en una posición elevada, posiblemente encumbrando el retablo original de la capilla de la fortaleza albense, alto y en la parte superior del mismo. Esta “deformación” es, en realidad, una corrección óptica intencionada. El artista talló la figura distorsionada para que, al ser observada desde abajo por los fieles, la perspectiva corrigiera las líneas, ofreciendo una visión anatómicamente perfecta y monumental.

Un diagnóstico crítico
Antes de la intervención, el estado de conservación del Cristo era alarmante, poniendo en riesgo la supervivencia de la materia original. La talla sufría una degradación severa que dejaba a la vista gran parte del soporte de madera, habiendo perdido numerosas zonas de su policromía original.
El daño estructural era crítico: ambos brazos se encontraban completamente desprendidos del torso, lo que comprometía la estabilidad de la figura en la cruz. Además, la obra presentaba pérdidas volumétricas significativas: faltaban dedos en ambas manos y una sección importante del paño de pureza en su zona derecha había desaparecido. A esto se sumaba un ataque puntual de xilófagos (carcoma) y el deterioro de la cartela del INRI, que presentaba grandes lagunas y pérdida de color. La cruz, por su parte, había sufrido repintes históricos que ocultaban su acabado original.

Un minucioso proceso de restauración
Siguiendo los criterios de intervención contemporáneos, Miguel García desplegó un minucioso plan de trabajo:
1. Consolidación: Se inició con un sentado de color para salvar la pintura existente y la unión de las piezas desensambladas, devolviendo los brazos a su lugar.
2. Reconstrucción: Se llevó a cabo la reintegración volumétrica de los elementos faltantes (dedos y paño de pureza) para devolver la lectura estética a la escultura.
3. Reintegración Cromática: Tras el sellado de grietas y el estucado de lagunas, García aplicó técnicas reversibles como el puntillismo y el rigatino. Estas técnicas, ejecutadas con acuarela, permiten al espectador ver la imagen completa desde lejos, pero distinguir la intervención del restaurador al acercarse, cumpliendo con los estándares actuales de intervención.
4. Ingeniería preventiva: Quizás el aporte más importante para el futuro de la obra ha sido la instalación de un nuevo punto de anclaje. Miguel García ha diseñado un sistema que fija el Cristo a la cruz liberando de tensión a los brazos, evitando así que se repita la rotura traumática que la imagen sufrió en el pasado.
La obra, ya barnizada y estabilizada, se presenta ahora como un testimonio invaluable de la historia del arte y de la devoción en Alba de Tormes, lista para afrontar otros 500 años de historia.
La Orden de los Carmelitas Descalzos ha manifestado su satisfacción con el trabajo realizado y, sobre todo, “por poder ofrecer a Alba de Tormes la veneración de esta imagen más de cinco veces centenaria y que se convierte en la imagen religiosa más antigua, conservada en la villa ducal originariamente de la Casa de Alba”.
Gracias al mecenazgo de los Carmelitas Descalzos, Alba de Tormes recupera hoy no solo una imagen de devoción, sino un documento histórico en madera tallada y policromada que nos habla de la genialidad de los antiguos maestros y su capacidad para jugar con la mirada del espectador.

UN POCO DE HISTORIA
Esta escultura de madera tallada y policromada y de estilo gótico tardío, según tradición oral, perteneció a la capilla del castillo–palacio de los duques de Alba, siendo esta su ubicación original en el siglo XV y, contemplando, el esplendor de la Casa de Alba en el siglo de oro Español, cuándo la segunda corte de España se asentaba en la villa salmantina, testigo de la vida cultural y guerrera de la fortaleza, siendo una de las residencias palaciegas más imponentes del Renacimiento español. Construido en el siglo XV, alcanzó su máximo esplendor bajo el tercer Duque de Alba don Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel, en el momento en que el castillo ducal de Alba llegó a su máximo esplendor, quién heredó este Cristo tardo gótico, realizado para presidir la capilla del castillo ducal y para ser situado en la presidencia de la misma. 
En el Archivo General de la Fundación Casa de Alba, signatura ACA, Sec. T, leg. 124, folios 32-45, f. 33r., en el madrileño Palacio de Liria, en 1503, reinando los reyes católicos, se habla del “Inventario de los bienes del Castillo de Alba de Tormes, hecho a la muerte de don García Álvarez de Toledo, II duque de Alba”. Existe una sección dónde se trata de “las cosas de la capilla”, indicando que existe “… una capilla en la torre del homenaje, so advocación de San Juan Baptista, con su retablo de madera con sus puertas, en el qual están pintadas las ystorias de la Pasión de Nuestro Señor, e un cáliz de plata dorado, e dos casullas, una de brocado e otra de damasco, e un misal, e seys candeleros de latón, e una cruz de palo para la Semana Santa, e un incensario de metal, e un par de vinajeras de estaño”.
Se trata de un manuscrito en castellano antiguo que contiene 13 folios en pergamino y que indica que la capilla se encontraba en la torre del homenaje, en la planta baja.
Los folios 34v-35r continúan describiendo el mobiliario de la capilla: “Ítem, un órgano pequeño, e un atril de nogal, e quatro cojines de terciopelo para hincar las rodillas, e un reclinatorio para el señor duque, forrado en cuero, e dos sitales para los capellanes”.
El folio 40r enumera objetos de devoción personal: “Ítem, en una arqueta de nogal, un lignum crucis en relicario de plata, e una espina de la corona de Nuestro Señor, e un hueso de San Juan Baptista, e un breviario del señor duque con cubiertas de plata”.
Junto al castillo ducal estaba la iglesia de santa María de los Serranos, templo al que existe certeza de que acudían los duques y su corte albense.
Se conserva en el Archivo Militar de Madrid el plano arquitectónico anterior a 1809 (signatura M‑158), que representa la planta del castillo, incluye la torre del homenaje  
y señala explícitamente la “Capilla de san Juan”, siendo esta la única fuente cartográfica conocida que dibuja la capilla que, seguramente, presidía la imagen del Cristo del siglo XIV en la parte alta del retablo.
Este Cristo, por lo tanto, ha sido contemplado por la noble familia ducal, y por grandes personalidades como el rey Fernando el Católico, Garcilaso de la Vega, santa Teresa de Jesús… 
Santa Teresa de Jesús pudo contemplar esta imagen en la capilla del palacio en el siglo XVI en sus visitas al palacio ducal, como consecuencia de su estrecha amistad con la duquesa doña María Enríquez de Guzmán. 
Se tiene constancia, por ejemplo, de la visita que en 1574 la Santa realizó al castillo de Alba de Tormes. En las Moradas (6, 4-8) recordará la impresión que le dejó su paso por “el camarín” de joyas y “vidrios y barros y muchas cosas”. La imagen del castillo guerrero y joyero de arte, le servirá a la Santa para trazar el itinerario espiritual de su obra cumbre, el Castillo Interior o las Moradas.
José de Lamano Beneite en su libro “Santa Teresa de Jesús en Alba de Tormes”, en el capítulo XV, página 169, recoge la visita de la Santa al castillo ducal de Alba de Tormes en 1574. En este capítulo hay alusiones al interior del castillo y se afirma que la Santa pasó, en cierta ocasión, dos días en el castillo, aunque afirma que “ni la santa lo dijo ni de ningún otro documento puede rastrearse”. De la Mano Beneite afirma que: “…por orden de sus superiores, según dice la Santa sería de fijo, por mandado del Padre Fernández, bajo cuya obediencia estaba, moró en el suntuoso alcázar de los Duques. De esta su estancia en el castillo ducal de Alba hizo solemne conmemoración la escritora sin par, en el libro diamantino de las Moradas: “Deseando estoy, dice, acertar a poner una comparación, para si pudiese dar a entender algo de esto, que voy diciendo, y creo no la hay que cuadre más digamos esta. Entráis en un aposento de un rey o gran señor (creo camarín los llaman) a donde tienen infinitos géneros de vidrios y barros y muchas cosas puestas por tal orden, que casi todas se ven en entrando: Una vez me llevaron a una pieza de éstas, en casa de la Duquesa de Alba adonde viniendo de camino me mandó la obediencia estar, por haberlos importunado esta señora, que me quedé espantada en entrando; y consideraba de qué podía aprovechar aquella barahúnda de cosas, y vía que se podía alabar al Señor de tantas diferencias de cosas; y ahora me cae en gracia, cómo me han aprovechado para aquí”. (Moradas VI cap. IV).
A qué fue a parar, por dos días, al palacio de los Duques, ni la Santa lo dijo ni de ningún otro documento puede rastrearse nada. Pero, recordando que al Palacio de Monterrey fue a morar, unos días, por los fines de que ya se hizo mérito, y atendiendo que más adelante habían de obligar a la Madre a hacer su postrer jornada, aquí abajo, a Alba de Tormes, por haber importunado de nuevo esta señora a los superiores, por fines análogos se puede conjeturar que sería por poner a prueba en favor de algún deudo enfermo la gratia sanitatum de que Dios dotó tan copiosamente a la Madre. Con todo, estimo por más probable que la Duquesa de Alba llamase a la Madre Teresa a lo más secreto de su camarín para tratar con ella un asunto de suma trascendencia para su casa y familia. Y de tal índole que, deseando aconsejarse de ella con todo sigilo, la llamó a su recámara rehusando platicar sobre ello en la red del convento, sin duda porque, a veces, hasta las paredes oyen...
El tema de las pláticas que, en aquellos dos días, tendrían ambas amigas… Es sabido que, años atrás, el primogénito de los duques de Alba, don Fadrique de Toledo, había tratado de casarse clandestinamente con doña Magdalena de Guzmán, dama de la reina doña Ana, sin que los reyes hubiesen otorgado su consentimiento y permiso. ¿Será improbable conjetura presumir que, sobre este negocio tan trascendental y tan grave, platicaran ambas amigas en el camarín del Alcázar de Alba, en aquellos dos días que allí moró, de orden de los superiores?... En esta visita fué cuando pasó lo que refiere Rivera: “Visitando una vez a la Duquesa de Alba, doña María Enríquez, la duquesa le dió mil reales de limosna, y ella los llevó y diólos todos al monasterio de la Encarnación, donde entonces era priora, aunque sus monasterios tenían harta necesidad”. ¡Así pagó la noble dama la visita de la Santa Madre!
A los días de posar en el Castillo de los Duques, al lado de su cordial amiga, se restituyó a su monasterio para poner en ejecución sus designios. Uno de los asuntos que más impulsaban a la Madre a ir a Alba era el ver si lograba avenir a las partes en el litigio tan enfadoso de la Calleja. Fué en este negocio harto afortunada la Santa Madre. A muy poco de llegar a Alba, con fecha del 21 de Enero, la Duquesa de Alba puso el refrendo, que diríamos hoy, al acuerdo que sobre ello había adoptado el consistorio de Alba, en sesión celebrada el 15 de Diciembre de 1573. El gozo que en el venturoso desenlace de este litigio tuvo la Santa, no hay para qué encarecerlo.
Hasta aquí las alusiones de José de la Mano Beneite referentes a la estancia de la Santa en el castillo ducal de Alba de Tormes.
En época indeterminada, probablemente a principios del siglo XIX, la imagen del Cristo de la capilla del castillo ducal de Alba de Tormes, fue trasladada a la ermita de una de las fincas de la casa ducal para ponerla a salvo, antes de que la fortaleza fuese gravemente dañada e incendiada en 1813 como consecuencia de la Guerra de la Independencia, para evitar que las tropas francesas la utilizaran como fuerte de defensa.
A finales del siglo XIX la finca en cuya ermita se conservaba el Cristo cambió de propiedad y, desaparecida la ermita, la imagen del siglo XIV pasó a propietarios particulares que, recientemente, la han donado a los Padres Carmelitas Descalzos de Alba de Tormes, que han encargado su reparación al restaurador Miguel García.

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