Alla, en “su” dorada Salamanca…, ha dejado de existir para siempre el que en vida se llamó don José Sánchez Rojas. José Sánchez Rojas. He aquí un nombre todo él evocación, que sólo su recuerdo nos trae una risita nada socarrona a flor de labios, mitad veneración, mitad respeto.
El destino implacable lo ha querido, se ha burlado una vez más del eterno burlador del propio destino. La adversidad no ha querido dejarle ver este nuevo año 32, que nace con un gran interrogante, dentro del cual todo bulle, o al menos lo parece, y en cuyo interior quien esto escribe pretende estar.
José Sánchez Rojas... ¿Quién era? Las crónicas cuentan que había nacido en la bella Alba de Tormes el 19 de abril de 1885. Que hizo los estudios en el Colegio de San Cayetano, de Ciudad Rodrigo. Que fue discípulo nada menos que de ese gran marxista-desorientador que se llama don Miguel de Unamuno y de Dorado Montero, el pan bendito de Dorado Montero, en la Universidad castiza de Salamanca. Que allí se licenció en Derecho. Que luego se doctoró en Madrid. Que pasó dos años ampliando sus estudios en Bolonia y Ginebra. Aquí empieza su verdadera vida, su amarga vida de escritor. Es en esta época cuando empieza a colaborar en todo lo colaborable, y empieza a lanzar folletos y más folletos. Y es en esta misma época cuando empieza a cantar las grandezas innegables de su grandiosa tierra, de su querida Salamanca, de su querida Alba, de su gran patrona Santa Teresa, hasta que se pierde para siempre, cantando de una manera propia, original y extraordinaria, las grandezas de Castilla toda, parándose en su cielo, en sus tipos y en sus paisajes, que son parte integrante del alma nacional y que son más verídica historia patria que la mismísima Historia de España.
José Sánchez Rojas siempre fue, a mi modo de ver, un perdido, en el buen sentido de la palabra, de la literatura. José Sánchez Rojas fue el primero, o de los primeros, en cantar pulcra y cotidianamente las grandezas del alma castellana. José Sánchez Rojas, como buen conocedor que era de Castilla, no reparaba en su continuo canto, y cantando, se puede decir, la muerte lo sorprendió.
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Conocí a Sánchez Rojas allá por el año 1923. Era yo un imberbe y, como tal, iba agarrado continuamente a las mangas de mi padre. Fue en uno de esos viajes que mi padre efectuaba para su íntima diversión, cédula, después, de lo que se llamó “Pueblo Español” de nuestra Exposición Internacional. Fue, por fin, en Toledo, en la mismísima plaza del Zoocodover. Su amistad con mi padre venía, como es natural, de lejos, puesto que ambos se dedicaban, por diferentes caminos, a cantar una misma cosa: el pueblo español. Retuve ya para siempre su tipo. Después, andando el tiempo, coincidimos otra vez en el mismísimo “Pueblo Español”. Aquel imberbe ya no lo era tanto, e incluso se permitía el lujo de opinar. Seguimos, paso a paso, la mal pagada “obra” de mi padre, y evocando él y escuchando yo, un atardecer estival nos sorprendió. Ya no volví a hablar con él hasta que coincidimos otra vez en la tribuna de la Prensa del Congreso. A él le llevaba allí su profesión y a mí una cosa parecida. La amistad pasajera de antes, ahora, hace cosa de cuatro meses, era una amistad entrañable. Cuando más sincera era, la muerte, eso tan infecto que nadie ha visto pero que todos respetamos, se me lo ha llevado. Un amigo más que pierdo y que hoy, al evocar toda su vida agitada, la evocación casi se funde con unas lágrimas sincerísimas...

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