Poco duraron en su poder. Ansioso de aupar al necesitado y conocedor de las desgracias que le rodeaban, llevo pan donde el pan hacía falta, el buey donde la yunta se había descabalado, albañiles donde la cumbrera se hundía y en poco tiempo ha distribuido íntegramente su capital con el acierto que inspira la firmísima voluntad de hacer bien.
Después, como antes de heredar, a trabajar, y trabajando está hasta el domingo, en que lo que le sobra del salario que gana como excelente aperador, lo regala al que cree que lo necesita más que él.
Para comprender en toda su extensión la calidad de este filántropo, es menester tener en cuenta la idiosincrasia del país. En todas partes la propiedad de la tierra constituye el ensueño de la generalidad de sus moradores, pero aquí, donde se carece de industrias, donde los negocios mercantiles están limitados a un tráfico insignificante, los financieros son punto menos que desconocidos y todo medio de ganarse el sustento no existe, la tierra es la codicia de la vida. A ella está unido el aldeano de tal suerte, que no es raro observar que su posesión ocupa en sus afectos lugar preeminente al de la familia.
Este hombre extraordinario que recuerda más a San Francisco de Asís que a Tolstoi, que no ha oído hablar en la austera labor que constituye su existencia, de democracias, falansterios ni socialismos, siente la fraternidad universal con una resolución avergonzadora para los teorizantes más briosos. Predica con el ejemplo. Su gran obra no espera nada. Hace el bien en lo obscuro y duerme tranquilo sin preocuparse de lo que piensen o hagan los demás. Pero los demás deben preocuparse de él, y ABC darle a conocer.
Bien está que Roque, El Santo, como se le llama con justicia, vaya a arar ¿verdad, Sr Maura? Pero también podía ir con la cruz de Beneficencia colgada de su mugriento chaleco. No todos los dorados uniformes que la ostentan encerrarán sentimientos más nobles y generosos.
Es verdad que probablemente el Santo Roque no aceptaría la condecoración.
Mas todo es un efecto de espejismo. En dirección opuesta a la nuestra vienen un cura alto y el albéitar del lugar, panzudo y socarrón, que marchan a Alba a yantar, que un misacantano celebra su misa nueva. Detenemos las cabalgaduras. Temblando de frío, cambiamos el socorrido cigarrillo.
– ¿Conque a Valdecarros?
– Sí; a Valdecarros – respondemos.
– ¿Y esta el Santo? – pregunto al presbítero.
– Si; Allá dejé al tío Roque. ¡Cuidado con preguntarle nada! ¿eh? Si husmea que usted va con malos fines para sacarle en los papeles, su boca se cierra a cal y canto.
Y luego, en una exclamación suelta, donde hay sus posos de picardía y sus migajas de compasión, añade con voz sonora:
– ¡Estos literatos...!
Nos despedimos. Cuestas y más cuestas. Desgarra el sol la neblina. Cuando queremos gozarle, nos empotramos en un barranco. Resbala mi caballejo y se repone con presteza. En lontananza, Valdecarros.
Es un pueblo como todos los pueblos de Castilla. Más pelado, más seco, más árido que todos juntos. Descubrimos sus casucas, las tenadas de los corrales, los portalones enjalbegados. Las casas de los primates están pintarrajeadas de colores vivos y chillones. La iglesia inicia una plazoleta castiza. Forman un lienzo la casa rectoral y la mansión de un pudiente, y los portalones de la alhóndiga el lienzo opuesto.
Nos esperan junto a la iglesia. Asistimos a la toma de posesión de un médico. Casi procesionalmente, de un modo formal y grave, marchamos con la comitiva al Concejo. Se celebra sesión inaugural. Léese el acta de la anterior. Los forasteros nos calentamos al brasero de la comunidad. Nos ofrecen pitillos de las enormes petacas. El teniente luce flamantes botones de oro en la rizada pechera; el alcalde viste impecable chaquetilla de terciopelo; un pavero flamante el secretario. Cambiadas las firmas entre el titular y el Concejo, salimos después, con cierto orden de jerarquía, a casa del alcalde, de corrobla.
Desfilan los notables. Y llega el tío Roque, el Santo del pueblo, escuálido, flacucho, alto como aijada de picar bueyes, grave como héroe de Calderón que anduviese en litigio con la buena fama, espiritual como aquel San Francisco del Greco, en que la amplitud de la túnica deja adivinar la flaqueza y flojedad de la carne, que apenas palpita debajo. Viste de charro el Santo; el sombrero, cónico, juega con timidez entre sus dedos huesosos y largos; como Luis Gonzaga, cierra los ojos avergonzado; los botones del cuadrado chaleco, que antes fueran centenes y medias onzas, son hoy rodajas de hoja de lata; de estameña basta es el paño de la vestimenta; las medias, de grueso algodón, deben de picarle la piel, amarilla y flaca. El buen Roque es la admiración del pueblo. De mozo rondó como todos, cantó en las verbenas, amó a la lumbre de los escaños, repicó con los nudillos de los dedos la puerta amiga, puso flores silvestres, con olor de tomillo y mejorana, en el ventanuco de la moza garrida. Pero Roque era de la madera de los místicos. En la alacena de la cocina tenía la vieja Biblia de los abuelos, el Quijote, el Año Cristiano, el Kempis, de los abuelos también. Picó en letrado y se dio a la lectura con fervor. Acaso el monje benedictino abrió los ventanales de su espíritu, encarándole con el cielo, con este cielo que él ve todos los días platicando con la llanura en toda su infinitud; acaso los desengaños del ardiente sultán asiático quebraron los propios sueños; tal vez aquel retorno de las mujeres que a la salida del pueblo del Toboso inspiraron sensatas consideraciones al socarrón de Sancho, le llevaron a sospechar que las Dulcineas no son más que parto de la fantasía de los andantes caballeros. Lo que fuera, Roque lo sabe y yo lo sospecho. ¿Amores desgraciados? Tal vez. Sólo la desventura es fecunda para el ánimo fuerte y manantial de prudencia ¿Anhelo de gloria? Acaso. Marchase el placer cuando se busca; torpe cosa es el deleite una vez satisfecho. Solamente la gloria llena el corazón donde no se incuba la ruindad. Ello es que Roque dejó la reja por la confesión, la novia por el padre de almas, el palique del serrano por el áspero examen de conciencia. “Si quieres seguirme –leyó en el Evangelio, Roque– deja tus riquezas y toma mi cruz.”
Y tomó la cruz del Señor, Roque. Heredó de sus padres seis mil duros. Repartiólos en limosnas calladas y secretas. De amo pasó a criado de labranza. En su rostro hay siempre una chispa de alegría, de equilibrio, de serenidad. Recientemente, por cuenta del concejo, que le daba peseta y media diaria, limpiaba una charca del lugarejo, con los pies en el agua todo el día. Y recuesta su cabeza no en blanda almohada, sino en dura piedra. Y deja los romances de los ciegos y los papeles de la ciudad, por los versillos del Evangelio y las aserciones de Kempis. Y como buen Santo, fiero enemigo del pecado, es blando y tolerante para los pecadores. Como San Francisco, desea el tío roque que nos inunde la tierra en un baño de piedad y de amor.
Invitan al tío Roque a la corrobla y le ofrecen vinillo alegre de la cosecha nueva: niégase el tío Roque. Le ofrezco un cigarrillo, y tampoco acepta. Quiero que hablemos de él, y rehúsa el tema. Su anhelo es pasar inadvertido, no ser blanco de las miradas de las gentes.
– Tío Roque –le pregunto–, ¿por qué dio usted su dinero a los pobres?
Sencillamente, como quien refiere un incidente vulgar, replica el tío Roque, a la puerta de la casa del alcalde, despidiéndome:
– ¡Porque Dios lo manda!
Y, esquivándose, añade:
– Y salude a su padre. Ya sabe dónde tiene un amigo y una casa, con fina voluntad.





