sábado, 4 de octubre de 2014

La muerte de santa Teresa según Diego de Yepes

Manuel Diego

«Santa Teresa tuvo mucha suerte en su historia póstuma, tanto por lo que toca a la primera edición de sus obras (1588, por fr. Luís de León), como por las biografías que de ella se editaron. La primera vida se debe a Francisco de Ribera (1537-1591), jesuita y profesor de Biblia en la universidad de Salamanca que, muy poco tiempo después de la muerte de la madre, editó la primera biografía teresiana (Salamanca 1590), un texto, sí, de acuerdo a las leyes de la hagiografía barroca, pero de gran valor porque manejó fuentes e informaciones de primera mano (algunas no nos han llegado) y porque trazó el esquema biográfico-histórico al que todos seguirán posteriormente. Esta primera biografía fue un éxito editorial.

No mucho tiempo después (Zaragoza 1606) y bajo el nombre del obispo de Tarazona, el jerónimo Diego de Yepes (1529-1613), salió una segunda biografía de no menor valor. Diego de Yepes conoció a santa Teresa, fue confesor suyo durante un tiempo, prior del monasterio de la Sisla en Toledo, de San Jerónimo el Real de Madrid y del monasterio del Escorial, confesor del rey Felipe II, al que asistió en su larga agonía y del que escribiría el relato de sus últimos días. Era un escritor notable. Por eso, la Orden del Carmen pensó que una biografía teresiana con su nombre en portada era asegurar el éxito de antemano y dar autoridad al libro. Y así lo hizo. Pero en realidad él no fue el autor de la segunda biografía teresiana (era sabido de todos), sino más bien un fraile carmelita descalzo, Tomás de Jesús Sánchez Dávila (1564-1627), fundador del desierto de las Batuecas y que se distinguiría, no tardando mucho, por una notable producción de teología mística. Después de San Juan de la Cruz, seguramente se trata del mejor teólogo carmelita de entre las primeras generaciones de la Reforma teresiana.

Aquello fue una operación de marketing bien planeada: Yepes prestaba el nombre, intervendría en el texto biográfico con sus recuerdos personales de vez en cuando, pero el relato, sustancialmente, era de Tomás de Jesús. Y así fue. La vida de Yepes también fue un éxito editorial y salió muy mejorada respecto a la anterior biografía del jesuita Ribera.

Y es que Tomás de Jesús jugaba a su favor con una notable ventaja sobre Ribera. Él había sido procurador en las primeras informaciones del proceso de beatificación de la madre Teresa de Jesús. No sólo eso, guardaba algunos originales del mismo (proceso de Salamanca y Alba, 1591) y copias auténticas del resto de lugares donde se llevó a cabo tal información. Y este material precioso de los primeros testigos y de personajes que la conocieron –aunque elaborado con la intención premeditada de defender la santidad de la madre– él lo incorporó a su proyecto biográfico. De este modo salió un relato biográfico muy cuidado, depurado, bien estructurado y con el fuerte apoyo de los testigos, algo que le faltó a Ribera. Tomás de Jesús además, como buen teólogo que era, organizó por vez primera una especie de síntesis del pensamiento místico teresiano, una primera teología teresiana que, no mucho tiempo después, cuando él pasó a Roma vino de maravilla para llevar a buen puerto el proceso de beatificación y llegar a la declaración en 1614, en un tiempo relativamente corto. La presencia de Tomás de Jesús en Roma fue providencial para que el proceso de beatificación marchara adelante en su etapa final, ya que él estaba preparado y resolvía todos los problemas de carácter histórico o teológico que podía suscitar la figura de la Madre Teresa. Todos los estudiosos coinciden en que el proceso de beatificación de la Santa no hubiera llegado a buen término sino hubiera sido por la intervención y seguimiento de Tomás de Jesús.»

La vida teresiana de Yepes-Tomás de Jesús es un texto de difícil acceso desde hace muchos años. Manuel Diego Sánchez, director de la Editorial de Espiritualidad de Madrid, está preparando la edición crítica de la misma que no tardará mucho en salir a la venta. En primicia nos ha cedido el capítulo relativo a la muerte de santa Teresa (libro II, cap. 38), que nos permite acceder a los sucesos de Alba en aquellos días de septiembre-octubre de 1582 con una absoluta fidelidad. Las notas, bien documentadas, que acompañan al texto nos dan una idea de la importancia de esta segunda biografía y de cómo estamos ante una auténtica edición crítica que, por vez primera, afronta el problema de la verdadera autoría del libro y trata de identificar todas las fuentes en que se apoyó Tomás de Jesús, a quien se debe devolver la titularidad de esta obra.

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