jueves, 10 de noviembre de 2016

Defensa de Alba de Tormes

El mariscal Soult frente a Alba

Grabado que ilustra el capítulo 110 –Alba de Tormes y Huebra– del libro British Battles on Land and Sea [Batallas británicas en tierra y mar] de James Grant (Cassell & company, limited, London, Paris, New York & Melbourne) en el que se describe, de forma somera, el paso por Alba de las tropas aliadas, perseguidas por el ejército francés, en su retirada desde Burgos a Portugal en el mes de noviembre de 1812
Resulta curioso que las dos acciones bélicas más notables desarrolladas en Alba tuvieran lugar en el mes de noviembre: La batalla de Alba (28 de noviembre de 1809) y la defensa del castillo y del puente de Alba (Del 10 al 25 de noviembre de 1812). A su recuerdo dedicamos, con este grabado, nuestra imagen del mes en este noviembre de 2016. 

Enlaces relacionados:

     Diario de la defensa y evacuación del castillo de Alba:

viernes, 4 de noviembre de 2016

Julián Moreiro: El hombre cordial.

El pasado 27 de octubre se desarrolló un acto de recuerdo y homenaje a Julián Moreiro en el IES madrileño Ciudad de los Poetas, último de los centros educativos en los ejerció como profesor de lengua y literatura. En el transcurso del mismo se le dedicó la biblioteca del centro y también se presentó el libro Julian Moreiro: El hombre cordial, una publicación no venal –de la que ya se prepara una segunda edición– costeada y elaborada por amigos, compañeros y discípulos de Julián llena de entrañables recuerdos y de algunos de sus textos, como este que transcribimos que escribió con motivo de su jubilación. 

Elogio del oficio de enseñar. 
Cuando empecé a dar clase, Franco todavía no se había muerto, que ya eran ganas de fastidiar. Fue en un colegio semiclandestino de Vallecas, regido por dos enigmáticos personajes que debían de pertenecer a alguna secta y por un conserje mucho menos subrepticio que aún llevaba en la frente la huella del tricornio. No sé muy bien qué hice, cómo sobreviví al miedo escénico y qué diablos pude enseñar a aquellos vociferantes zangolotinos de octavo de EGB. Yo no había llegado a la enseñanza por vocación, aunque tampoco recuerdo que lo hiciera por descarte o por despecho; no sé, a lo mejor lo hice porque, como dijo George Bernard Shaw, «el que sabe hacer una cosa, la hace; el que no sabe, la enseña». El caso es que muy pronto me noté en mi medio natural, como si hubiera nacido para esto. Hoy estoy seguro de que, de no haber sido profesor, solo hubiera sido un cantamañanas que sabía hacer cosas.
En mi despedida, quiero afirmar algo que he dicho otras veces, una de las pocas certezas que he adquirido con los años: este es el mejor oficio que existe. Y no por aquellas tres famosas razones que esgrimían los cínicos: julio, agosto y septiembre.
No. Yo creo que este es un oficio inestimable porque las relaciones laborales han sido siempre en él menos importantes que las relaciones afectivas. Porque la experiencia mágica de notar cómo de pronto, en una clase, un martes cualquiera, se establece una comunión absoluta con los alumnos, es difícilmente igualable (aunque esporádica: no se puede ser sublime sin interrupción, diga lo que quiera Baudelaire). Porque tratar siempre con personas que tienen la misma edad mientras uno va atravesando las crisis que trae cada nueva decena es lo más parecido que puede vivirse a la ilusión de la inmortalidad. Porque ver crecer a niños que aprenden menos de lo que desearíamos pero mucho más de lo que solemos creer y de lo que alcanzamos a comprobar es un espectáculo maravilloso, como todos los que ofrece la Naturaleza. Porque, como dijo no sé quién, enseñar es aprender dos veces. Porque, en un mundo tan sobrado de individuos hoscos, insatisfechos y desabridos, tratar a diario con adolescentes que siempre parecen felices es una suerte. Y en fin, porque compartir intereses con todos los compañeros de trabajo, afinidades con muchos y cierta intimidad con algunos es un privilegio que ninguna orden de principio de curso puede arrebatarnos.
Ahora que corren malos tiempos sigo pensando lo mismo, a despecho de reformas ominosas, de instrucciones furtivas y de autoridades maleducadas, malencaradas y malintencionadas. Como ya tengo pie y medio fuera, puedo decirlo sin pudor: somos gente importante y no podemos tolerarnos el desaliento. Este oficio, a prueba de ocurrencias y descarríos legales, trasciende nuestra propia circunstancia; lo dijo Henry Brooks Adams, un intelectual americano que vivió entre el siglo XIX y el XX: «Un profesor trabaja para la eternidad: nadie puede decir dónde acaba su influencia». Ya dije antes que somos un poco inmortales…
Hasta siempre. Salud y Escuela Pública.
28/6/2013

Última actualización: 08-11-2016

jueves, 3 de noviembre de 2016

Paso a paso, foto a foto


El pasado 21 de octubre tuvo lugar el acto de entrega de premios correspondientes al I concurso de fotografía Ruta Teresiana convocado por la asociación De la Cuna al Sepulcro.
En el concurso participaron un total 58 fotografía, presentadas desde distintos puntos de España, y de ellas resultaron galardonadas las siguientes:
  • 1º Premio: Paso a paso, foto a foto, de Juan Manuel Hernández Velayos (Ávila).
  • 2º Premio: De la cuna al sepulcro sobre ruedas, de Salud González Calvo (Alba de Tormes.
  • 3º Premio: …venga lo que viniere, suceda lo que sucediere…, de Ramón Martínez Artigas (Ávila). 
  • Premio local:  Oh prado de verduras de flores esmaltado decid si por vosotros ha pasado…, de Máximo López Huerta (Fontiveros).

Enlaces relacionados

 

lunes, 31 de octubre de 2016

A propósito de una fotografía

José Luis Miñambres, escritor, crítico literario, amigo y seguidor de estas páginas, nos remite desde León un pequeño comentario relativo a la última fotografía incorporada a nuestra sección La imagen del mes

UNA MIRADA DEL ALBA…¿DE LOS CINCUENTA?
No lo sabemos. Tal vez viva aún el niño que ocupa la primera imagen de la foto. Vestido de fiesta, con su abrigo elegante, de solapas, y sus calcetines blancos…mira hacia el fondo, hacia Salamanca. A lo mejor va de viaje, por eso muestra tan clara su alegría. 

Más atrás, más al fondo, contemplamos el grupo humano, el bullicio de la vida, de los viajes, de los transportes mecánicos. Se ve un camión y, tal vez, un remolque, o un segundo camión, quién sabe. Es extraño, pero no aparecen los coches de Moreno de Vega, tan de Alba, tan de viaje.

Tras del grupo humano, abundante y heterogéneo, se observan las fachadas de las casa, con sus tejados y con un cartel de “Diógenes”. Un poco más lejos, un recio poste de la luz anuncia la modernidad de la villa. Es curiosa sin embargo la mirada. En la derecha no aparece el Torreón de Alba ni el cartel de “La Perdiz”. Tal vez fueron problemas de objetivo fotográfico. En justa correspondencia tampoco se refleja la bajada de San Pedro y su torre, ni la Posada del tío Liberto. 

Más lejos, al fondo, aparece la villa en perspectiva, sobre la loma inclinada de su emplazamiento. Tras las casas, el símbolo de Alba: la torre del homenaje del castillo, recia, erecta, casi provocadora. Detrás de ella, sólo cabe el cielo azul, el día claro que, en el extremo inferior de la foto, refleja en el puente, la sombras de los árboles.

No se puede pedir más: la foto es toda una metáfora de la vida de Alba, de sus gentes, sus casas, sus monumentos…Todo ello formando la bellísima progresión fotográfica de la vida. 

No estaría de más saber quién es el niño de los calcetines blancos y el abrigo de solapas. Si vive y ve la foto, seguro que mira con nostalgia la vida. O con tristeza.

José Luis Miñambres
León, 30 de abril de 20016

jueves, 27 de octubre de 2016

Último viaje con Julián Moreiro

Manuel Cojo Marcos

Manuel y Julián ante la tumba
de Machado en Collioure
Ante la desaparición de un amigo o un ser querido, estamos acostumbrados a realizar alabanzas que muchas veces no tienen base ni fundamento. Por decirlo de forma coloquial parece que es lo que toca. Y con frecuencia ocurre que tales elogios ni siquiera son sentidos por quien los hace. Suenan a puro formalismo. A mí, en este momento me ocurre lo contrario. Quiero huir de los tópicos laudatorios y en cambio me asalta un sentimiento de impotencia por no ser capaz de encontrar los términos adecuados para elogiar la figura de Julián. Los que nos hemos reunido aquí hemos tenido la suerte de disfrutar de su amistad, de su bondad, de su alegría, de su optimismo, de su inteligencia, de su buen humor, de su camaradería. He dicho suerte de disfrutar y quiero subrayarlo porque haber compartido con él momentos de trabajo o de ocio o de mesa o de viajes han significado un auténtico placer. Se podía polemizar con él pero nunca se llegaba al enfado. Dudo que alguien se haya enemistado con él en ninguno de los lugares donde ha desarrollado su actividad como docente.  Puedo asegurar que el eslogan del día del enseñante celebrado recientemente “enseñar es dejar huella en la vida de una persona” se patentiza de forma absoluta en el profesor Julián. Muchos cientos, miles de alumnos tendrán en su vida un referente modélico que influyó decisivamente en sus conductas. Estoy seguro. En nosotros deja un sentimiento muy doloroso. Dice Ángel Lerchundi en su última novela que “los seres queridos no quieren desaparecer de nuestras vidas. Andan por aquí en nuestras células, en nuestra sangre, en nuestros gestos, en las palabras que aprendimos de ellos, en nuestros recuerdos”. Pero el dolor que nosotros sentimos seguro que Julián nos lo hubiese conjurado con la sentencia del marinero de Moby Dick “no sé adónde vamos pero, sea cual fuere ese lugar, iré sonriendo”. Entraba dentro de su carácter optimista.

Los que han trabajado con él en institutos de enseñanza saben mejor que nadie de su entrega en la profesión, de su continua búsqueda en la mejora de técnicas de aprendizaje, de su dinamismo en todo tipo de actividades que condujeran a despertar en el alumnado el interés por la cultura en general y muy especialmente por la lectura. No pocos de los trabajos publicados están dirigidos a este fin. Añadamos a ello la participación activa en programas y cursos tendentes a mejorar la calidad de la enseñanza.  El recuerdo que ha dejado en todos los que ha participado ha sido el del buen hacer y de gratitud. 

Una faceta que no quiero dejar de alabar es la de Julián Moreiro como escritor. A finales de los años 60, aparece por Alba un muchacho que está a punto de ingresar en la universidad y que rápidamente se pone en contacto con la escasa vida cultural de la localidad. En poco tiempo le vemos colaborando en una revista local o representando obras de teatro. No eran sino los inicios del desarrollo de su pasión: la literatura y para ser más preciso, la escritura. A Julián le debemos el redescubrimiento de un ilustre paisano que estaba olvidado en el rótulo de una calle de la Villa: Sánchez Rojas. Y esta es otra faceta de Julián. La de investigar documentos, visitar hemerotecas, archivos y lo que fuera necesario para conseguir sacar a la luz aspectos ocultos o desconocidos de personajes históricos de cierta relevancia cultural. Ahí están sus publicaciones que no es necesario recordar. A parte de la labor de investigación, está la faceta más personal, más definitoria de Julián: la de la creación propia sobre temas divinos y humanos. Y es aquí donde esa chispa atinada del escritor salta de línea en línea y de párrafo en párrafo. Sus textos están recorridos por genialidades y ocurrencias poco frecuentes, siempre utilizando la palabra precisa y la construcción correcta y todo bañado por el disolvente del humor y la ironía. Yo me siento muy orgulloso de haber utilizado textos de Julián Moreiro en mis clases con alumnos de Bachillerato. 

Termino con palabras de Lerchundi: “El dolor nos atrae al terreno de nuestra realidad humana. El dolor nos abate, pero también nos vuelve rebeldes; nos postra pero nos enrabieta; nos humilla apero nos hace grandes; nos hace llorar pero también maldecir. Y nos hace reír. Nos obliga a apreciar incluso los detalles más pequeños”.

Si Julián estuviese entre nosotros haría suya la frase de Miguel Torga: “He nacido para cantar la gloria de la vida y no para hacer la crónica de la humillación de la muerte”

Texto leído por su autor en el cementerio de Alba de Tormes el pasado 12
de octubre en el momento de depositar en él las cenizas de Julián Moreiro.

martes, 25 de octubre de 2016

Despedida de Pepe Rueda a Julían Moreiro


ADIÓS A JULIAN MOREIRO († 30.9.2016)
Pepe Sánchez Rueda

Ayer, primero de octubre, me dieron la noticia: Moreiro ha muerto.

El golpe, para mí, ha sido fatal. Mi alma ha quedado desgarrada, rota. - No puede ser, me dije. Pero desgraciadamente, es cierto. Otro amigo que se nos va. ¡Y van…!

Fue Julián una gran persona, con gran sentido del humor, no exento de seriedad. Y fue un gran escritor cuya pluma ha tratado, con rigor y cariño, a todo lo que tenía que ver con Alba y sus gentes.

Yo no conocí a Moreiro hasta allá por la década de los ochenta. Tenía noticia de él a través de un artículo publicado en “El Adelanto”. Por el apellido me pareció gallego. Luego resultó que no, que era castellano, nacido en Villar de Argañán, Ciudad Rodrigo, en 1953, y muy ligado a Alba, porque en la villa vivieron sus padres, y Julián pasaba en ella largas temporadas. Digamos ya que coincidía conmigo en el gran afecto que teníamos a la vida y obra de nuestro gran escritor José Sánchez Rojas. Yo, desde niño, oía hablar de Rojas en mi casa. Mi abuelo era amigo de su padre, y éste lo era suyo. Entre los libros de mi biblioteca hay varios suyos. Uno de ellos se lo dedicó a mi padre con esta dedicatoria de su puño y letra, que reza así: A mi correligionario y amigo más “prudente”, pues este era el apodo con el que se le conocía. Su nombre era Antonio.

Dado que esa devoción mutua por Rojas era común, era obvio que teníamos que encontrarnos. Y así fue. Por entonces ambos vivíamos en Madrid y una tarde me llamó por teléfono y nos vimos en una cafetería. Fue un encuentro muy agradable, y la conversación giró –como no– sobre Alba y Sánchez Rojas. Yo me llevé para casa un libro suyo (no recuerdo cual) dedicado, más contento que unas pascuas. 

Luego nos vimos muchas veces en Alba, aunque de forma esporádica. Fue la nuestra, una amistad más en la distancia, pero esa distancia no fue óbice para que la amistad perdurara en el tiempo.

Julián era licenciado en Filología románica y profesor de Lengua y Literatura.

Dejó escritos varios libros, la mayor parte de ellos relacionados con Alba y Sánchez Rojas. Es obligado decir que elevó el nivel cultural de los albenses y ayudó a dar a conocer la vida y obra de Rojas, que era prácticamente un olvidado. Para ello le hemos echado una mano Jesús María García, que es autor de un bronce del escritor y que regaló al ayuntamiento de Alba y que preside, o presidía, el salón de actos del ayuntamiento, y quién escribe estas líneas, el cual fundó la asociación cultural “Sánchez Rojas”, con la que puso a éste en su sitio.

El libro Una página en la vida de Lope de Vega, editado por la Sociedad de Amigos de Alba, se trata –en mi opinión– del mejor libro de Moreiro. Con este libro ganó en 1977 el primer premio en el III concurso literario “Pluma de santa Teresa”. El jurado estuvo compuesto por el famoso escritor Gonzalo Torrente Ballester, Don Francisco Casanova Villar y por el albense Don Jesús María Corredera Nodal.

Moreiro nos muestra en su dedicatoria el acendrado cariño que sentía por sus padres con estas palabras: A la memoria de mi padre, que hubiera leído con orgullo este libro. Y a mi madre, que tantas veces le recuerda.
  • Sánchez Rojas, crónica de un cronista, publicado por el Centro de Estudios Salmantinos, 1989. 
  • SÁNCHEZ ROJAS, José, El encanto de la Vega y otros artículos. Edición de Julián Moreiro, 1986. 
  • Julián Sánchez Ruano. Un personaje de época. Edición del Centro de Estudios Salmantinos, 1987. (Uno de los políticos salmantinos de mayor fuste del siglo XIX). 
Otros libros:
  • El árbol de oro y otros relatos
  • Ana María Matute. Libro didáctico acerca de la vida y obra de esta escritora, editado por la editorial Nuño, 1991. 
  • El reino de las cuatro estaciones. Una bruja en la biblioteca. (Con este premio –nos dice Julián– gané un concurso de literatura infantil en Torrejón, 1992). 
Sus libros los tengo en mi biblioteca en lugar preferente. Todos dedicados de su puño y letra.

Como muestra de su veta humorística, voy a transferir a continuación la dedicatoria que me hizo en “El encanto de la Vega y otros artículos”. Este libro lo presentamos en el ayuntamiento de Madrid. Coincidió esta presentación con la Jornada de encuentros Alba-Madrid, que se hizo varios años.

Era alcalde de la capital el señor Tierno Galván, y a mí me había nombrado a dedo el alcalde de Alba como representante de los albenses en Madrid. En ese acto me tocó intervenir. Hice las merecidas alabanzas al libro y a Moreiro. A lo que éste me replicó lo siguiente.

Albense hasta con encono,
-que más allá nadie queda-
es Don José Sánchez Rueda,
a quien su exceso perdono
-pese a no tener templanza-
siempre y cuando no se exceda
nunca más en sus semblanzas.

Querido Julián: que la tierra que te cubre te sea leve. A mí ya me quedan pocas singladuras que andar. Así que un día no muy lejano me encontraré contigo y con los numerosos amigos que me esperan en la otra orilla.

Y, finalmente, permíteme que me despida con los últimos versos del mejor poema lírico de la lengua española, obra de Miguel Hernández:

A las aladas almas de las rosas
del almendro de nata te requiero,
que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero.


(Almería, octubre 2016).